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Puro Cuento

Griselda, el vendaval y los girasoles

william navarrete  © Pierre BignamiUna noche de fin de agosto, Griselda Hasting tuvo un sueño extraño. Se hallaba sola cuando una ventolera, tan fuerte que se tragaba sus gritos, forzaba las puertas y ventanas de su casa arrastrando todo a su paso. De pronto, en otro espacio, en un país en el que nunca había puesto los pies, se veía a sí misma, parada delante de un cuadro colgado en una impecable sala que parecía pertenecer a un museo. En el cuadro habían sido pintadas, como impactos de balas, varias flores marchitas, las corolas resecas, los pétalos desparramados sobre la superficie, como si una tromba de agua y viento los hubiese desprendido, salpicando todo el espacio.

En su sueño, Griselda recordaba que, después del paso del vendaval, el piso de su casa había quedado cubierto de girasoles. El cuadro reflejaba exactamente las paredes de la vivienda que, chorreando los pétalos y las corolas de esas mismas flores, conservaban, como un regalo del cielo, las marcas del impacto de las espeluznantes ráfagas.

Se despertó un poco agitada, removida por la imagen, e intrigada por la inmaculada blancura de la sala del museo soñado; y se obligó a disipar las preocupaciones de su mente. Siempre se había comportado como lo que era, una mujer recta, maestra de escuela hasta su jubilación, y encargada ahora de velar, por deseo propio, y desde hacía décadas, por que al modesto templo de la Virgen de la Caridad, olvidado y casi en ruinas, el primero de todos los que se habían erigido en la Isla, no le faltase nunca un ramo de girasoles.

En medio de las flores recién cortadas, Griselda ponía siempre una rosa que, a veces, tenía que buscar lejos de su casa, en otros huertos, porque faltaban en los rosales más próximos. Cuando no hallaba una que fuera blanca, recurría entonces a la rosa artificial que adornaba el retrato de su abuela, colocado en la mesita de centro de la sala, desde su fallecimiento. Era una manía, tal vez más que un precepto, algo así como una incomprensible superstición, inspirada de aquellos versos populares que decían: ‘‘Blanca rosa desprendida / de la divina deidad / líbranos de todo mal / Virgen de la Caridad’’, que los fieles cantaban en las iglesias, y también ella, durante el rito del cambio de los girasoles del templo, cada domingo.

Desde hacía un mes, como nunca antes, Griselda había dejado que el desaliento le robase la energía. Casi no lograba entender ese comportamiento en alguien como ella, tan llena de brío. El caso era que, a medida que repetía los gestos cotidianos de toda una vida —ir a por los girasoles silvestres, cortar las flores que le parecían más sonrientes, cambiar las marchitas por las nuevas, buscar la rosa blanca, sacudir el polvo, sentarse a contemplar, desde lo alto de la loma que había detrás de su casa, los atardeceres violáceos sobre el lejano punto marino de la bahía de Nipe—, sentía que el cansancio se iba apoderando de ella, la desidia venciéndola, haciendo que descuidara incluso muchos de los quehaceres domésticos que de costumbre emprendía sin cuestionarse nunca si valían la pena o no.

Creía que la muerte reciente de Antonia, su única hermana, era la causa de su desánimo. Aunque en realidad no la veía más que un par de veces al año —por la dificultad de desplazarse desde su casa en Barajagua hasta el poblado de Mayarí, donde vivió hasta su último suspiro—, le tranquilizaba saber que, al menos, le quedaba alguien en esa misma tierra, que se había tragado ya, o a lo sumo expulsado, a toda su familia, en apenas tres décadas.

Ahora no tenía a nadie. A la estampida de sus seres queridos se habían sumado también los dos hijos de Antonia, con sus respectivas esposas e hijos, de los que tenía esporádicas noticias, cuando le llegaba desde Miami alguna que otra tarjeta de felicitación por su cumpleaños o deseándole un próspero año nuevo.

A Griselda siempre le pareció curioso que siendo Barajagua el lugar en donde se presentó por vez primera la Virgen de la Caridad —en forma de talla que, en 1612, pescaron en las aguas de la bahía de Nipe el niño esclavo Juan Moreno y los dos indios Juan y Rodrigo Hoyos, llamados “los tres Juanes”, cuando en realidad Juan se llamaban sólo dos—, no hubiese cobrado nunca la menor importancia, limitándose en pasar, a lo largo de casi cuatro largos siglos, de simple hato o naboría de indios a lo que era hoy, un modesto y casi despoblado caserío en un cruce de caminos, a ambos lados de la carretera que unía a la ciudad de Holguín con el pueblo de Mayarí. Una simple cruz era todo lo que por mucho tiempo marcó el lugar de la primera casa de la virgen cubana, después de que se llevaran la imagen hasta las minas de El Cobre, al pie de las altas serranías de Oriente.

Hubo una época en que visitar la iglesia o poner flores en el altar estaba muy mal visto. Como en Barajagua nadie se atrevía a hacerlo, por miedo a una expulsión del trabajo o a que indagaran en otras cosas, la gente se hacía de la vista gorda con Griselda y, en el fondo, se alegraba de que fuera ella quien se ocupara de cambiar los girasoles. A los pocos que se le acercaban para prevenirla de lo arriesgado de aquella empresa, les respondía que en realidad ella no era muy creyente. ‘‘Lo que pasa es que da pena, ¿sabe?, ver esa capillita tan desolada, con tanta mugre y polvo que se acumula, los cuatro bancos sucios y el altar tan vacío’’, respondía invariablemente, ¡y aquí paz y en el cielo gloria!

Los girasoles de Griselda duraban exactamente una semana.

Sólo ella sabía que aquellas flores heliotrópicas seguían girando después de cortadas y colocadas en el búcaro. Lo hacían en busca del sol, a un ritmo lento, en dirección oeste, apuntando con sus corolas a un ventanuco primero, el otro después, por último al tercero, de los que había detrás del altar y, como un girasol tiene por fuerza natural que cesar de girar en cuanto alcanza cierta madurez, incluso hallándose en su medio natural, Griselda no salía de su asombro al constatar que los de ella girasen durante toda la semana, hasta que los cambiaba el domingo próximo. A pesar de ello, nunca se atrevió a confesar su descubrimiento. Después de todo, en algún lugar había leído, o tal vez oído, que aquella flor buscaba siempre a Dios, pues representaba a la pobre ninfa Clytia, una tonta enamorada y nunca correspondida por Apolo, el dios helénico del sol, muertecita de amor por él y transformada, desde entonces, en girasol.

Aún en las peores circunstancias, en los momentos más dramáticos de la historia del país, o de su propia vida, sus girasoles no habían parado de girar, por poco sol que, en ocasiones, le diese al altar cuando llovía o se encapotaba el cielo. Habían girado antes y después de que sus padres fallecieran, de la muerte de Antonia, de la partida de sus sobrinos, durante el paso del terrible ciclón Flora, en épocas de grandes sequías o de asombrosas inundaciones, cuando amenazaron con arrasar el caserío para agrandar la carretera de Mayarí e, incluso, durante las penurias y restricciones más lamentables. Nada había podido detener el reloj natural de la Virgen, que sólo ella conocía, y del que nunca dijo ni media palabra en casa o fuera de ella, ni siquiera a su hermana, por temor a que otros se enteraran y a alguien se le ocurriese arrasar con la capillita, con el campo donde crecían las flores y quién sabe con cuántas cosas más.

Aunque le resultaba imposible determinar qué ocurrió primero, si el sueño con aquel cuadro en el museo o el fin del movimiento de los girasoles de su templo, el caso fue que, por primera vez, una semana antes del lunes 8 de septiembre de 2008, en vísperas de un nuevo cumpleaños de la Virgen, y desde el primer día de aquel mes, las flores del búcaro pararon de girar. Horrorizada, corrió al campo donde crecían silvestres, y allí también, a pesar de que el sol de la tarde ya se despedía aletargando el final del día, las flores amarillas seguían estáticas, las corolas fijas en la dirección contraria, mirando hacia el este, o sea, hacia el sitio por donde el astro había despuntado al alba, y hacia donde nunca debían tornarse una vez que terminaba la mañana.

Cuando los de la Defensa Civil vinieron a avisarle de la inminente llegada del huracán Ike, Griselda ya lo tenía todo empacado, los documentos de valor a buen resguardo en sendas cajas de metal, y la firme determinación de no dejar que la condujeran al refugio en donde todos esperarían una muerte segura tras el paso de aquel monstruo.

En cuanto empezaron a soplar los primeros vientos, se refugió en el vara en tierra, una rústica casita a ras de suelo, construida por su abuelo detrás de la casa, más de medio siglo antes, siempre listo para cobijarlos a todos en caso de amenaza de ciclón. Por su techo triangular, los dos aleros afincados en la tierra, el suelo hundido medio metro y la escasa altura del piso al caballete, aquel ranchito de guano de reducidas proporciones era el mejor abrigo, y el más seguro para aguardar el fin de tormentas, vendavales y lluvias torrenciales, sin temer a que el viento se lo llevara. Desde allí, echada bocabajo, presenció el tremebundo espectáculo.

No recordaba haber visto nunca algo similar. Primero las nubes negras volando a una velocidad inimaginable. El bramido, irregular al principio, constante y ensordecedor después. Volaron los techos de las viviendas cercanas; las ramas y los troncos fueron arrancados de cuajo; objetos nunca vistos, tal vez porque se deformaban al chocar entre ellos, se arremolinaban en danza descabellada; las tejas, las planchas de zinc o de madera rebotaban proyectándose unas contra otras, mientras el cielo seguía rugiendo y el agua acumulándose, formando lagunas en donde antes crecían cultivos. El vara en tierra estaba construido en el sitio más seguro. A menos que un rayo lo incendiara, era imposible que desapareciera, ya que el agua no podía alcanzarlo, ni el viento desencajarlo del suelo.

De pronto, tras un estruendo tan fuerte que apenas le dio tiempo a voltearse para ver qué sucedía, vio desprenderse el techo del templo de la Virgen, hacerse añicos las ventanas y los cristales, y las hojas de metal de los cantos saltar en pedazos. Griselda ignoraba que las piedras tuviesen alas, juraba que había visto varias, y no de las más ligeras, pasar a medio metro del suelo, loma abajo, hasta chocar con algo que las detuviera.
Casi dos horas duró aquel suplicio. Sabía que el ojo del ciclón no pasaría por Barajagua, de modo que, en cuanto sintió que las ráfagas amainaban, abandonó su refugio, con cuidado de no enredarse los pies en el amasijo indescriptible de gajos, troncos y ramas que cubría prácticamente todos los senderos.

Lo primero que quiso ver fue el lugar en donde estaba la capillita de la Virgen. Un árbol había caído sobre la fachada y sus tupidas ramas penetrado en la nave sin techo. De las paredes del altar no quedaba nada, y los bancos de madera habían salido volando o se encontraban simplemente fundidos en la copa que cubría más de la mitad del templo. No tuvo que abrirse camino para llegar hasta la mesa de cemento que fungió en otros tiempos de altar. Le bastó con dar la vuelta por uno de los lados para acercarse al medio muro que quedaba en lo que había sido la pared del fondo. Tampoco tuvo que inclinarse mucho para ver algo que la dejaría atónita. Sobre la mesa de los oficios, en una simple placa de cemento con dos torres de ladrillos que la sostenía, se encontraba, intacto, el búcaro con los girasoles que había cambiado la víspera.

Corrió por el trillo en dirección a su casa. La respiración cada vez más agitada. El corazón como un tambor. Los pies a punto de fallarle, hundiéndose en el fango hasta los tobillos. Sin voz para gritar, ni fuerzas para hacerlo.

¡Ahí estaba su vieja casa! Incólume. Sin jardín que recordara su gusto por las plantas, pero en pie.
Se detuvo en el marco desnudo de la puerta que arrancó el viento. Ante sus ojos, la sala desierta. El piso cubierto de girasoles secos. Las paredes salpicadas de flores, chorreando pétalos y corolas como los proyectiles del cuadro de su sueño, o como las lágrimas de la ninfa Clytia, o las de su virgen, quién sabe.

En medio del suelo, sobre el tapiz de flores secas, de todas las que durante años había puesto pacientemente en el altar, una rosa blanca.

La recogió con delicadeza para no estropearla. La flor conservaba su fragancia. Pensó en el cuadro de aquel museo, el de su sueño, en los girasoles marchitos proyectados sobre la tela, chorreando como los de las paredes de su sala todas las tristezas de su tierra.
Fue entonces que se prometió, costase lo que costase, llegar hasta ese cuadro, contemplarlo largamente, hablarle, tal vez contarle lo que había callado desde siempre y, antes de darse media vuelta, de regresar a su casa, fijar en su tela lo que también por descuido olvidó un día: la rosa blanca.

 

William Navarrete
Cuba,1968. Reside en París desde 1991. Estudió historia del arte en la Universidad de La Habana y Civilización hispanoamericana en La Sorbonne – París IV. Ha sido conferencista, curador de arte y también traductor para organizaciones de Naciones Unidas. Es editor de la edición en español de El Correo de la UNESCO. Ha publicado más de 20 libros de ensayo, poesía y narrativa, dirigido varias antologías y colecciones de literatura, y obtenido diversos premios. Ha realizado numerosos talleres de creación literaria en universidades e instituciones culturales. Ha organizado un centenar de presentaciones, coloquios y fórumes culturales en la Maison de l’Amérique Latine de París. Su poemario Edad de miedo al frío recibió el premio Eugenio Florit de Poesía. Su último poemario, Animal en vilo (2016), fue publicado en las ediciones de la Universidad Autónoma de Nuevo León (México). Su primera novela, La gema de Cubagua (Madrid, 2011) fue publicada como La danse des millions en la colección La Cosmopolite, una de las colecciones de literatura extranjera más prestigiosas de Francia (editorial Stock). Fugas, su segunda novela, forma parte de la colección Andanzas de la editorial Tusquets y ha sido también publicada por esta editorial. En francés ha escrito dos volúmenes sobre música cubana y varios ensayos, así como un Diccionario insólito de Cuba (Ed. Cosmopole, París, 2014) y un Dictionnaire insolite de la Floride (Id. París, 2017) y el relato "Pour l’amour de Nice" (Magellan, Paris, 2017). Su tercera novela, Deja que se muera España, forma también parte del catálogo de la colección Andanzas de la editorial Tusquets, y acaba de ser publicada en francés bajo el título de Vidalina (Ed. Emmanuelle Collas, París, 2019). Parte de su obra ha sido traducida también al inglés, italiano y alemán. Colabora desde 1999 para El Nuevo Herald, el periódico en español más importante de Estados Unidos, y otras publicaciones en el mundo. Obtuvo la Médaille Vermeil de la Société de Sciences, Arts et Lettres de Paris y, recientemente, la beca de creación que otorga el Centre National du Livre (CNL) en Francia.

 

"Griselda, el vendaval y los girasoles" enviado a Aurora Boreal® por William Navarrete. Publicado en Aurora Boreal® con autorizaciøon de William Navarrete. Fotograføia William Navarrete © Pierre Bignami.

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