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Puro Cuento

No tener cara

no face 250a Luis Sagasti

 

Es una expresión que siempre me llamó la atención, aunque quizás ya pertenezca a esa lista de las que uso frente a mis alumnos, en los que solo encuentro una mirada helada de incomprensión, de distancia temporal. Creo que “no tenés cara” se puede parafrasear como “sos un hipócrita”, “justo vos decís/hacés eso”. O, simplemente, por “sos un caradura”: curiosamente, suena contrario y es muy parecido. O a lo mejor me equivoco.

No sé lo que la gente ve en la cara de otra gente. Yo no veo nada. O veo el reflejo de lo que ellos ven en la mía, lo mismo que veo en este momento en que escribo —muy mala idea— frente a un espejo. Sin embargo, eso es, en rigor, imposible; o muy superficial: por ejemplo, no pueden ver, como veo yo, o como creo que veo yo, que mi cara se parece cada vez más a la de mi viejo.

En definitiva, tal vez no tenemos cara para los demás, y ni siquiera para nosotros mismos. Lo que creemos ver es solo una panoplia de proyecciones que se restan en vez de sumarse.

Un primo político, que alguna vez fue un prestigioso neurocirujano, me contó que hay personas (hombres) que intentan suicidarse pegándose un tiro debajo del mentón. A último momento apuntan mal, demasiado vertical, o el arma se desplaza, cómo saberlo, y solo se arrancan, literalmente, la cara. Sobreviven, claro está, no hay por ahí ningún órgano vital.

Se supone que él conoció, y trató, varios casos. Yo sospecho que, personalmente, supo de uno solo, pero eso es lo de menos. Lo curioso es que esa persona, una o varias, no volvió a intentar matarse. Siguió viviendo sin cara, sometida a infinitas operaciones de reconstrucción, que solo podían devolverle un atisbo de lo que había sido en el espejo. ¿Qué pudo ser peor que eso, como para llevarla al suicidio fallido? ¿O es que la cercanía de la muerte —de la decisión de la muerte— la disuadió de volver ahí, con o sin cara?

No estoy bromeando. Es que cuesta imaginarlo.
En una época, pasaba todos los días, rumbo a mi trabajo, por los tribunales laborales que están sobre Callao, entre Tucumán y Viamonte. Muy de vez en cuando, me cruzaba con “el abogado sin cara”. Lo pensaba como abogado por la cercanía del edificio y por su impecable traje gris, invariable. También podía ser juez, no sé qué otra cosa. Siempre estaba acompañado, por algún hombre o una mujer, o ambos.

No tenía cara. Había en su lugar una planicie de piel estirada (su cabeza era más grande de lo normal, llevaba el pelo largo pero muy prolijo). Tenía los ojos muy separados, en diagonal. Quiero decir, uno en lo que hubiera sido la frente, otro mucho más abajo. Dos agujeros cuya forma no recuerdo —nunca lo miré de frente durante mucho tiempo— debían ser la boca y la nariz, pero era imposible saber cuál era cuál.

No voy a decir que frecuentaba mis pesadillas, ni nada de eso. Me sorprendía, sí, un poco, culpablemente, que fuera por la vida sin ocultarse, como exhibiendo (pero no era eso) la atroz ausencia de cara. ¿Cómo sería estar ante él mucho tiempo? ¿Cuánto tardaría la gente en desviar la mirada? ¿Cuánto tiempo llevaría que el tema saliera en la conversación con desconocidos?

Tendría que terminar poniendo que siempre pensé que “el abogado sin cara” era el suicida frustrado de mi primo. Pero nunca antes había relacionado ambas cosas hasta que me puse a escribir esto. No lo voy a saber nunca, y la verdad es que no tiene la menor importancia.

 

Pablo Valle

pablo valle Nueva 350Argentina,1961. Es profesor en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Enseña Semiología en el Ciclo Básico Común y Problemas de Literatura Latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras, de esa Universidad, y Guion en la Licenciatura en Artes Audiovisuales de la Universidad Nacional de Avellaneda. Es editor independiente, corrector, traductor, redactor, ghost writer. También fue crítico de cine (en la revista La Vereda de Enfrente) y jefe de redacción de la revista de cultura y psicoanálisis El Gran Otro. Entre otras cosas, ha publicado los relatos de Simulacros (1985), Samuráis (2012), y Cuentos para misóginos y otros cuentos (2012), y las novelas Ángeles torpes (1995, 2013), Yo, el templario (como Paul Mason, 2006), Los crímenes de la calle Barthes (2013) y La carta de Rozas (2013). También escribió los libros didácticos Cómo corregir sin ofender (1998, 2001), Guía para preparar monografías (1997, 2008) y Cómo elaborar monografías y otros textos expositivos (2013), estos dos últimos junto con Ezequiel Ander-Egg. En la actualidad trabaja adaptando al cine su novela Ángeles torpes y preparando una serie de guiones llamada Killers.

Relato enviado a Aurora Boreal® por Pablo Valle. Publicada en Aurora Boreal® con autorización de Pablo Valle. Fotografía Pablo Valle © archivo del autor.  Foto sin rostro tomadad de internet http://www.thefoundrycast.com/single-post/2019/08/02/Charlie-No-Face-The-True-Story

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