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Puro Cuento

Ubaldo Pérez Paoli - El suicida serial

ubaldo_perez_060I – Un signo de interrogación

 

Una larga sucesión de homicidios viene haciendo estragos desde hace meses en nuestra megalópolis y desplegando una atmósfera de inseguridad sofocante. Aunque no todos los millones de sus habitantes se sienten amenazados. La “peste”, como la llaman algunos, afecta únicamente a los barrios más elegantes, como el mío, y no ha dado muestras de querer mudarse de allí. La sospecha que espontáneamente se impone es la de la obtención de grandes beneficios económicos como móvil. Sería lo más obvio. Sin embargo, no hay ningún indicio que la corrobore. Lo más preocupante es que no sólo se ignora por completo quién pueda ser el asesino, sino que hasta ahora no se ha descubierto ningún motivo concreto para estos actos. Ninguna pista que indique que haya dinero de por medio, herencias, propiedades o posesiones de cualquier tipo, tampoco la presencia de alcohol, drogas, juegos de azar o prostitución, no se sabe de amenazas, extorsiones, raptos, chantajes o algún otro mecanismo posible para la comisión de estos crímenes dentro de lo que es dado imaginarse. La pertenencia a un medio social desahogado parece ser el único criterio para seleccionar a las víctimas. Dentro del mismo, la muerte le puede llegar a cualquiera, en cualquier momento y en cualquier situación, sin que haya salido a la luz algún otro atributo común que relacione entre sí a los desdichados. A tal punto, que cuando comenzaron estos hechos nadie pensó que se tratara de asesinatos ni que tuvieran algo que ver entre sí. Sólo el aumento creciente de los casos, la premeditación evidente de algunos y hasta la violencia implicada en otros condujo a pensar de manera diferente. Los métodos empleados por el malhechor para liquidar a sus elegidos también son variados, aunque de la mayoría no se pueda decir que sean especialmente ingeniosos ni que no se repitan (dado el elevado número de muertes, esto último parecería imposible).

Durante las primeras semanas se pasó completamente por alto la carta de presentación que inexorablemente deja después de cada crimen: un signo de interrogación. Hasta que el avezado inspector Deville, de la policía del distrito correspondiente a uno de los barrios más de moda, descubrió la primera señal. Una víctima había sido ahorcada de tal manera con una soga, que a la luz del sol que entraba por una claraboya su cuerpo proyectaba sobre la pared una sombra en forma de línea vertical; la misma era cortada por el marco del tragaluz a la altura de los tobillos, con lo que parecía que los pies se separaban del resto. “Un signo de admiración”, pensó. Y, sospechando que bien podría tratarse de un “mensaje” del asesino, pasó la información a sus superiores, quienes le exigieron que no tocara absolutamente nada hasta que ellos fueran. Cuando llegaron y le hicieron repetir paso por paso su descubrimiento recordó que había cerrado las ventanas laterales porque la corriente de aire que se producía no le permitía hacer sus observaciones con tranquilidad. Entonces las volvieron a abrir. A causa del viento la chaqueta de la víctima comenzó a ondear, lo que alteró notablemente la imagen proyectada en la pared.

–Su signo de exclamación parece haberse transformado en uno de pregunta –reflexionó el comisario que coordinaba las investigaciones, no sin un dejo de sorna.

–Con un poco de buena voluntad –relativizó un colega¬–; habría que borrarle el tronco.

–Dejar libre de la cintura al cuello –agregó otro.

Se siguieron una serie de sugerencias:

–Más bien parecería una letra, una p o una q, de acuerdo con el lado del que se la mire.

–O una d puesta de cabeza.

–Muy poco probable. Si se tratara de una pista que quiso dejar el asesino, debería expresar algo con claridad.

–La p bien podría estar por “pregunta”.

–O la inicial de un nombre, lo que también valdría para la q.

–El punto de abajo podría ser el que se pone después de la inicial.

–Más que punto parece una pelota.

Nadie podía dar alguna explicación coherente y al retirar definitivamente el cadáver el tema pareció perder interés.

¬–El signo de exclamación tenía algo de misterioso ¬–expresó el coordinador–. En cambio, ¿qué podrían querer decir esas letras? Hay cientos de posibilidades. Todo parece demasiado casual y más bien producto de nuestra imaginación. Tengámoslo en cuenta por si aparece alguna otra pista semejante, pero no creo que vaya a suceder.

El oficial Deville no quiso darse por satisfecho con el resultado. Sospechaba que había algo más detrás de eso y se pasó toda la noche reflexionando y recabando informaciones que le pudieran ser útiles. Su visión primera del signo de exclamación lo había cautivado tanto que instintivamente se veía compelido a pensar que debía tratarse de eso o de algo similar, como el signo de interrogación que había sugerido su superior. O lo uno o lo otro. Un colega le llamó la atención por teléfono sobre otro dato: ya antes había sido hallado un signo de interrogación, bordado en el pañuelo de otra víctima, la dueña de una gran cadena de tiendas de ropa femenina, y nadie había reparado especialmente en él. ¿No se trataría efectivamente de un mensaje premeditado? La p o la q con el punto debajo bien podía ser un “error” de grafía, debido a la falta de medios adecuados para expresarse mejor. En busca de más indicios a Deville se le ocurrió averiguar de dónde habría surgido el signo que usamos tan comúnmente para indicar una pregunta. No pudo encontrar una explicación científicamente aceptada de su origen, pero la teoría más generalizada bien podría servir de soporte para su convicción. Según ella el signo provendría de la abreviatura de la palabra quaestio, que en latín significa “pregunta” o “cuestión”. La q del comienzo se habría puesto encima de la o del final, más pequeña, que con el correr del tiempo finalmente se habría transformado en un punto. Esas hipótesis tan claras siempre encuentran una aceptación extendida, aunque carezcan de certeza científicamente comprobada. No obstante, bien podría ser éste el símbolo encontrado. Sin embargo, y a pesar de lo sugestivo de la teoría, no pudo encontrar nada entre los antecedentes de la víctima que hiciera suponer en él alguna predisposición particular por estos temas, mucho menos algún conocimiento especial de la lengua latina o interés por la misma. El señor Gutiérrez había sido un hombre sumamente práctico, director de la agencia publicitaria más conocida en todo el país. Mas justamente este dato puso a Deville sobre otra pista. Gutiérrez debe de haber conocido el “interrobang” o “exclarrogativo”, aquel signo inventado por el publicista norteamericano Martin Speckter, que combina elegantemente los otros dos, el de admiración y el de pregunta, en uno solo, casi idéntico al de la p (o el de la q dada vuelta) con un punto debajo:

Era probable que el asesino proviniese de los mismos círculos de empresarios, profesionales o empleados y dispusiese del mismo tipo de costumbres y conocimientos.

Estas disquisiciones le presentaron nuevas perspectivas más sugestivas que su hipótesis inicial: no se trataría de una exclamación, sino, tal como había propuesto su superior al advertir el cambio, de una pregunta, o incluso de una combinación entre las dos.


Durante la discusión del día siguiente le costó mucho convencer a los demás de la probabilidad de su conjetura. Pero a instancias suyas empezaron a combinar y atar cabos: el ahogado de días anteriores había quedado en la playa con el torso combado y las piernas estiradas; a pocos centímetros de sus pies había una pelota de goma que bien podía hacer las veces de punto para el signo de pregunta. La parte superior del limpiaparabrisas trasero del coche de un caso anterior se había curvado de forma tal que bien podía pasar por un signo semejante. En el garaje de otro de los asesinados colgaba de un listón que iba por arriba de pared a pared una serie bastante variada de ganchos. De uno de ellos, atravesado en su garganta, colgaba él mismo; ahora se hacía evidente su significado. Otros procedimientos muy diversos que tenían como resultado la misma figura se hicieron de pronto comprensibles para los investigadores: el cordón de un zapato, una corbata, un cinturón, un pendiente, un collar. Tan sólo entonces repararon en el hecho más repetido y que, por ser tan evidente y fácil de producir, había pasado desapercibido: los signos de pregunta dibujados, a veces de forma poco perceptible, es verdad, sobre todo si iban acompañados con el de admiración, en pisos y paredes, libros, papeles y muebles, así como los tatuajes y adornos en el cuerpo o en la ropa de las víctimas.

Este descubrimiento ha conseguido aclarar (si puede emplearse esta palabra aquí con algún sentido) numerosos crímenes anteriores que habían quedado sin resolver y que abrumaban a las autoridades por su cantidad inusitada. En total ya debemos andar cerca del centenar. En todos ellos se trata, evidentemente, del mismo asesino que deja su carta de identidad con un signo de interrogación, eventualmente hasta con un interrobang. Pero quién, cómo, por qué motivo. En ninguno de los casos hay señales de alguna violencia que hubiese sido inducida externamente. Peor aún: en todos ellos la víctima se encontraba completamente sola en el momento crucial, a menudo en un recinto cerrado, inaccesible para quien no tuviese las llaves correspondientes o no conociese al detalle las características más importantes de la casa o del sitio donde han tenido lugar.

Durante semanas y meses (ya hace casi medio año que comenzaron estos sucesos) se trabajó en vano por descubrir al verdadero autor de los asesinatos. Nadie parecía querer confesarlo, pero con el curso del tiempo una sospecha muy inquietante fue cobrando vigor lentamente entre todos nosotros. ¿No se tratará de una serie de suicidios? El nombre “suicidio colectivo” fue pronunciado por primera vez durante un acalorado debate sobre las causas y las características de las muertes convocado públicamente por familiares de las víctimas en la amplia sala de un teatro. La propuesta cayó como un mazazo, no tanto por lo inaudito de la misma, sino más bien porque expresaba con claridad lo que ya muchos venían sospechando y nadie se animaba a mencionar. Se hizo un largo silencio antes de que alguien atinara a decir algo. Los comentarios comenzaron a emerger lentamente y se fueron multiplicando mientras el interés general aumentaba. La objeción más importante que se hizo a esa hipótesis fue que un suicidio colectivo sería una acción conjunta hecha por varias personas simultáneamente o en un tiempo relativamente corto, en un sitio accesible a todas ellas y después de haberse puesto de común acuerdo. Aquí, en cambio, se trataba a todas luces de actos individuales, donde el actor se encontraba siempre solo y en la mayoría de los casos en sitios cerrados sin acceso posible para ningún intruso; en muy pocas ocasiones fue posible constatar algún lejano conocimiento personal entre algunas de las víctimas.

La audaz conclusión a la que llegó el Dr. Olivieri, conocido psiquiatra, padre de una de las víctimas y médico de dos o tres de ellas, nos sorprendió aún más, causó hilaridad general, incluida la mía, y la mofa de muchos. Con todo, mirando las cosas en retrospectiva y con la debida precaución, considero ahora que nadie ha encontrado una explicación que la pudiera superar y la reacción inmediata de rechazo que causó se puede muy bien atribuir a lo preocupante de las reflexiones a las que da lugar. No se trataría, según él, de un suicidio colectivo, sino de un solo y único suicida. Lo miramos con extrañeza pensando que no habíamos entendido bien lo que decía o que nos quería comunicar con un lenguaje demasiado técnico y esotérico algo que tal vez fuese de lo más banal. Pero la exposición cuidadosa de su hipótesis nos enseñó algo muy diferente.

–Permítanme que hable de un suicida serial, consciente de que este nombre provocará no sólo confusión sino también el rechazo de muchos. No estoy intentando decir que el mismo individuo se mate muchas veces, lo cual es claramente imposible, pero sí que se trata de la misma persona en el sentido en que se usaba esta palabra en la antigüedad para el desempeño de una actividad u oficio o en el que aún hoy usamos la palabra personaje en el teatro. ¿Qué personaje?, preguntarán ustedes. La interrogación. Sí, el personaje como pregunta, la pregunta como personaje.

Esta observación provocó desconfianza e incluso ofuscación en muchos de los presentes. Habíamos visto, en efecto, cómo la pregunta se había transformado hasta cierto punto en protagonista de los hechos. Tal lo manifestaban las pesquisas policíacas. Pero como signo, como indicación de algo a lo que se refiere y de alguien que la ha producido. No se podía hipostasiarla así como así convirtiéndola en una entidad independiente. Después de la primera reacción claramente negativa de los presentes hubo quienes estuvieron dispuestos a sopesar la hipótesis anterior de un suicidio colectivo y transformarla en la de un suicidio serial, entendiendo por ello una seguidilla de suicidios desconectados entre sí, siempre posible, aunque inexplicable. Por algún medio desconocido el “virus” del suicido podría haberse ido contagiando de forma sutil e inaprehensible.

Pero lo que nadie quiso aceptar es que se tratase de una misma persona que se suicidara varias veces consecutivas, ni siquiera con el significado de “persona” propuesto por el psiquiatra. ¿Un suicida serial? ¿Cómo sería posible algo semejante? Una vez muerto ya nadie puede volver a matarse –él mismo había concedido este punto–, tampoco el personaje de un drama que todavía habría que inventar y cuyo papel presumible en él nadie era capaz de imaginarse. Y para colmo esa persona no sería otra que la pregunta en cuanto tal. ¿Cómo podría transformarse en un sujeto real existente, encarnarse en un personaje? Pese a todo, Olivieri sostiene que su tesis es la única que puede explicar la acumulación sucesiva de estos actos y conciliarse con la crisis de identidad que según él yace evidentemente a la base de todos ellos.

– Mi propuesta de explicación es el resultado de lo que he podido constatar en los casos que me ha tocado conocer personalmente. Son muy pocos, pero creo que sirven como posible modelo general, a menos que ustedes quieran presentar alguno diferente. Si es así, bienvenido sea, expónganlo y discutámoslo. Hasta ahora no me he enterado de un solo componente que pudiese contradecir mis reflexiones. Ustedes se imaginarán muy bien que, habiendo sido tocado tan de cerca por el tema, no me resulta nada fácil hablar del mismo. Y precisamente por ello tampoco me atrevería a inventar teorías sin asidero real. Esto no basta para garantizar su rectitud, pero sí su sinceridad y cuidado.

No hubo nadie que intentara ofrecer una alternativa. De modo que prosiguió.

–Trataré de aclarar un poco en qué sentido creo que la interrogación se ha transformado en personaje. De acuerdo con mis análisis no se trata de una pregunta cualquiera, sino de una única y bien concreta, aquella que inquiere por la propia identidad del sujeto en cuestión –literalmente “en cuestión”. De manera que también podríamos considerar que el personaje es la identidad. ¿Tal vez resulte más comprensible esto? Los conceptos de identidad y de persona van siempre ligados muy estrechamente en nuestra manera de entenderlos. Solamente debemos agregar la puesta en cuestión de ambas. Lo que les propongo entonces es un movimiento constante de desplazamiento y suplencia mutua entre estos tres conceptos: pregunta – identidad – persona, un pasaje sutil del uno al otro de tal forma que cuando pensemos en uno estén presentes también los otros dos. El proceso parece ser siempre el mismo. Un individuo siente tambalear su identidad, empieza a preguntarse por ella. ¿Quién soy? Este es el primer paso. Es lo que sucedió con mi hija, es lo que sucedió también con los otros pacientes que tuve. Supongo que en este punto cuento con el consentimiento de ustedes: nadie se pregunta por su propia identidad en la vida de todos los días, si la tomamos en el sentido más elemental de la identificación con una historia personal que se expresa por medio de un nombre determinado y por la que somos capaces de decir “yo”. Por lo general estamos bien metidos en nuestras tareas, ocupados con esto o lo otro y sin pensar en nosotros mismos de manera expresa. Pero el “yo mismo” está siempre presente, y cuando se produce cualquier tipo de interrupción en la cadena de nuestros actos que nos obliga a reparar en él, o cuando se nos pregunta a boca de jarro por lo autoría de algo que hemos hecho, respondemos inmediatamente y sin pensar: “yo, Juan”, o “Pedro” o cual sea el nombre que tengamos. El fenómeno ha sido frecuentemente analizado en la literatura filosófica del siglo pasado: por más absorto que esté en una película, “perdido” en una lectura, olvidado completamente de mí escuchando música o bailando, basta que me hagan una pregunta para que conteste en primera persona que estoy haciendo tal o cual cosa, “yo”, a pesar de no haber pensado en mí ni un solo momento de forma explícita.

Hubo acuerdo general en todas esas observaciones que se corresponden sin ningún problema con nuestra experiencia cotidiana.

–Otra cosa muy diferente, en cambio, es el intento de darle a esa estructura elemental un sentido más concreto y definitivo, del tipo: “yo, Juan, soy (fundamentalmente, por decir así) médico, ingeniero, actor, trabajador, panadero, electricista, padre de familia” o lo que sea. Se trata de lo que soy o aspiro a ser en lo más íntimo. Mientras que la primera mostraba una clara referencia a mi pasado, sin el cual no puedo reconocerme, ésta parece referirse más bien a mi futuro, a aquello que voy realizando y quiero lograr con mi actividad. Las dos dimensiones van siempre juntas, naturalmente, unidas en un único presente, pero mientras que la primera está ya dada, la segunda se encuentra todavía “en construcción”.
También en este punto hubo acuerdo general.

–No quiero ni puedo entrar en demasiados detalles. Baste mencionar que un día descubrí que mi hija tenía tremendos problemas con reconocerse a sí misma como la tal determinada persona que era. Hasta sentía temor por pronunciar su propio nombre con todas las letras, Ana María Olivieri. Como se podrán imaginar ustedes, no dejo de hacerme reproches desde entonces por no haber advertido antes la situación, yo, psiquiatra, su propio padre. Bien, ya se sabe que “en casa de herrero…” Traté de convencerla con todos los medios a mi alcance para que discutiéramos el asunto, incluso obtuve su promesa de asistir a mi consultorio, promesa que ya no pudo cumplir –su voz se quebró, estuvo a punto de llorar, pero pudo dominarse y continuar–. Aunque tampoco entonces me di cuenta cabal del verdadero peligro. Sólo después de su muerte se me ocurrió atar cabos y relacionar con ella la suerte de otros dos pacientes que murieron poco después y de un tercero que he conseguido “salvar” y que presentaban el mismo cuadro clínico. Cuando empezó a hacerse pública esta especie de epidemia que estamos padeciendo, no me quedaron más dudas: se trata de un mismo fenómeno, son suicidios. Estoy seguro de ello, aunque no conozco los detalles pormenorizados de los demás casos, pero todos se parecen y no encuentro en las informaciones que son de dominio público nada que pueda oponerse a mi hipótesis; por el contrario, a poco que me entero un tanto de la vida de cada una de las víctimas veo que los datos coinciden perfectamente entre sí.

Hasta allí no había nada que no se pudiese entender, por problemático que fuese. La tesis del suicidio como base para todos los incidentes resultaba muy difícil de aceptar porque no se veía una causa que pudiera producir un fenómeno semejante, pero era un planteamiento posible y debíamos admitir que por el momento nadie estaba en condiciones de presentar otra que la pudiese suplantar.

–Se puede resumir el cuadro de la manera siguiente: un individuo cualquiera se encuentra de golpe totalmente solo, y eso significa en el fondo: consigo mismo. Por algún motivo lo que percibe es un abismo. Los motivos pueden ser muy diferentes, de acuerdo con mis observaciones. Pero seguramente habrá alguna razón general –que se me escapa por completo y que deberemos encontrar alguna vez si queremos dar fin a esta especie de pandemia– para que el fenómeno se haya extendido de tal manera. La persona cae en la cuenta de que no es capaz de identificarse. Lo único que tiene frente a sí es ese sí mismo del que somos inmediatamente conscientes cada vez que se nos pregunta por nuestro nombre, pero se le escapa en su verdadera complexión. ¿Yo? ¿Quién yo? “Juan” o “Pedro”, como decíamos, pero debajo del nombre sólo encuentra el vacío, un vacío absoluto. La repetición continua de la pregunta lleva al individuo a la desesperación. Esto sucede ya con cualquier pregunta que uno quisiera responder de buena gana y cuya respuesta no puede averiguar por mucho que se lo proponga, si es que se la plantea una y otra vez sin obtener resultado. Hagan ustedes mismos la prueba si quieren convencerse.

Plantéense repetidas veces alguna cuestión que les interese realmente y para la que no hallen respuesta. Pero de veras, sin fingir su actitud. Verán cómo terminan cayendo en un pozo sin fondo. La desesperación se hace mucho mayor si lo que está en juego es la identidad propia. Llega un momento en que las preguntas se hacen tan insoportables que el individuo decide terminar con esa tortura, es decir, con la pregunta misma, que es lo único que queda en el fondo. La pregunta es: ¿quién soy? No tengo respuesta para ella, no soy más que la interrogación misma. Debo terminar con ella, debo terminar conmigo.

Esta elucubración distó mucho de convencer. Por el contrario, la resistencia fue general y casi inmediata. En realidad, ninguno de los presentes estaba en condiciones de comprobar lo dicho con algún dato de su vida personal. ¿Quién había tenido una experiencia semejante? Nadie. Ninguno de nosotros se había visto en la necesidad de plantear infinidad de veces la misma pregunta y mucho menos con referencia a la propia persona. Aquí la discusión corrió el riesgo de perder su carácter de pesquisa y transformarse en una seguidilla de humoradas y observaciones sarcásticas. Olivieri, desilusionado, tal vez herido en su intimidad, decidió interrumpir e irse a su casa. Lo cual puso muy mal a varios de los participantes, entre los que me contaba yo. Pero nadie atinaba a hacer o decir algo determinado. Alguien que lo conocía más de cerca propuso entonces llamarlo por teléfono y proponerle reunirnos con él, al menos aquellos que siguiésemos interesados en sus reflexiones. Así lo hicimos y no nos arrepentimos. Reaccionó con mucha amabilidad y nos invitó a una copa a su casa. El número de los interesados se redujo considerablemente, cosa que no dejó de sorprendernos a los que asistimos al nuevo encuentro. Creo que a algunos los asustaba simplemente el temor a lo desconocido. Éramos cinco, entre los cuales se encontraba una sola persona que ya me era conocida de antes, una empresaria muy decidida y activa; había otros dos empresarios y una pediatra de mucho prestigio en la ciudad; el encuentro sirvió también para conocernos un poco mejor.

 

II –En casa de Olivieri

Dado lo reducido del grupo y el hecho de que el médico ya conocía al resto –a mí no, pero seguramente se habrá dado cuenta de mi interés evidente–, se mostró dispuesto a relatar algo más de su experiencia personal, comenzando por el descubrimiento de la psicosis de su hija.

Una noche me despertaron voces provenientes de la habitación de mi hija Ana María, con la que vivía solo después de la muerte de mi mujer, acaecida hace ya algunos años. Que yo supiera no había invitado a nadie esa noche, de modo que me alarmé, porque se trataba evidentemente de un diálogo, más bien de una discusión, en la que por momentos se ponían las voces muy altas y aun agresivas. ¿Cómo había entrado gente a la casa sin que me diera cuenta? La puerta de la habitación estaba abierta y la única luz visible provenía del alumbrado de la calle que se colaba por las cortinas de las ventanas y daba a la escena un aspecto fantasmal. Me hija estaba apoyada en la almohada discutiendo sola consigo misma, pero se podían distinguir con claridad tres voces diferentes. Algo completamente asombroso para mí, a pesar de que conozco muchas historias fuera de lo común. Correspondientemente eran también tres los rostros en que se transformaba su cara hasta entonces tan familiar. Tuve miedo de despertarla. Nunca antes había mostrado señas de sonambulismo o cosas parecidas y aquí se trataba evidentemente de algo más. ¿Ana María esquizofrénica? Las voces se fueron apagando hasta que se hizo silencio total. Ella se levantó y fue a sentarse frente al espejo, en el que estuvo observándose en la semioscuridad por espacio de unos pocos minutos. Al final se largó a llorar y dio un grito casi desesperado: “¡Papá!” Me estremecí. Espontáneamente creí que se dirigía a mí, mediante esa identificación inmediata de la que hemos hablado. Mas no era así, estaba hablando consigo misma. Con mirada casi salvaje indagaba en su rostro frente al espejo y repetía: “¿Quién soy? Pero ¿quién soy?”. Luego de llorar desconsoladamente fue de nuevo a su cama y se quedó dormida.

El relato nos había cautivado. El silencio con el que lo habíamos estado escuchando se hizo más profundo todavía cuando su voz se detuvo en una corta pausa. Consciente de la atención que había logrado, continuó:

Ya no pude pegar un ojo en toda la noche. Los interrogantes y reproches que me acosaban eran demasiado inquietantes. ¿Cuántas veces antes habría ocurrido algo semejante? ¿Cómo es que no me había dado cuenta de nada? ¿Desde cuándo existiría ya ese conflicto? ¿Cómo se manifestaría en la vida cotidiana de Ana María? ¿Por qué tuvo que gritar precisamente mi nombre? Ahora caía en la cuenta de nuestra falta de comunicación desde el comienzo del último semestre. Ocupado, como siempre, en mis labores, no le había prestado la menor atención y más bien la había atribuido a su concentración en los estudios y a su creciente independencia y responsabilidad para llevarlos a cabo. Al día siguiente traté de tocar el tema en el desayuno, con sumo cuidado y de muy lejos. Pero ella no parecía tener la menor idea de lo que había sucedido. De modo que nuestra conversación se derivó de inmediato a las cosas de todos los días. Por mi parte comencé a atender más a lo que sucedía por las noches y pude comprobar que no se había tratado de un acontecimiento único, sino que se repetía con cierta asiduidad. Hubo otra cosa que me asustó más: averiguando lo que estaba a mi alcance con la mayor reserva entre profesores y estudiantes que yo apenas conocía llegué a comprobar que sus estudios en la universidad habían perdido el brillo y la excelencia de los semestres anteriores. Aunque nunca la presioné para ello, el rendimiento en sus actividades académicas había sido siempre ejemplar. En cambio ahora, desde hacía ya semanas que no tenían ningún valor. Se pasaba la mayor parte del tiempo sentada en la biblioteca de la facultad, casi sin hablar con nadie y con la mirada totalmente perdida. Su asistencia a los cursos era casi nula (¿cómo no me había enterado yo?, ¿por qué no me había dicho una sola palabra?) y no intervenía en ellos con preguntas y comentarios como era su costumbre. Decidí encarar el tema de forma directa y la invité a un café en el bar que solíamos frecuentar en nuestro tiempo libre. No ofreció ningún reparo, más bien parecía alegrarse mucho, nuestra relación continuaba tan cordial como siempre.

–¿Cómo van tus estudios? –le pregunté.

Se puso evidentemente nerviosa, a pesar de que con toda seguridad esperaba una pregunta semejante. Pero pudo controlarse con un dominio de sí misma que le desconocía. Ese hecho me hizo reflexionar más sobre lo mucho que la había descuidado, hasta el punto de ignorar esta característica suya, tal vez muy reciente.

–Últimamente los tengo bastante descuidados, en lo que se refiere a asistencia y participación en clases. Pero estoy reflexionando mucho sobre los contenidos que vamos tratando.

–Eso sí que me resulta interesante. ¿Cuáles son los temas?

Me respondió sin titubear, de tal modo que al principio tuve mis dudas sobre la veracidad de lo que me estaba diciendo. ¿Sería un discurso premeditado? Pronto me convencí de lo contrario.

–No me resulta fácil resumirlo en dos palabras. Te cuento un poco lo que me ha pasado últimamente. Todo empezó con un corto que nos mostró uno de los asistentes durante un seminario de antropología. Nos llevó a la sala de proyección en uno de los extremos del edificio de la facultad, donde hay gradas, pero no asientos, de modo que estábamos de pie frente a la pantalla. En el film se veía un sendero que conducía por un bosque envuelto en penumbras con la cámara en movimiento como si estuviésemos caminando a lo largo de él. A poco de andar vimos una sombra que parecía venir a nuestro encuentro y que se aprestaba a lanzarse sobre nosotros; repentinamente la sombra se dio vuelta y comenzó a marchar en sentido contrario al que venía, es decir, en la misma dirección que nosotros. No se podía distinguir de qué se trataba, ¿hombre?, ¿animal?, ¿anciano?, ¿niño?, ¿varón?, ¿mujer? Su forma de andar ágil y decidida me hizo pensar en alguien de nuestra edad. De pronto desapareció de la vista, dejándonos a pocos metros de una cabaña en cuyo interior brillaba una luz. Una brisa fresca nos hizo percibir que ya no estábamos en la sala de proyección, sino que caminábamos realmente por el bosque aledaño con rumbo a la casa que pertenece al instituto y se puede ver desde él. A instancias del asistente nos acercamos uno a uno a la ventana iluminada y luego retornamos a la sala de la que habíamos salido. Allí se encendieron las luces y nos pusimos a conversar y discutir sobre lo vivido. ¿Qué es lo que habíamos visto a través de la ventana? Yo me había llevado un buen susto. Sentada a una mesa frente a un libro estaba yo misma, concentrada completamente en la lectura y sin tomar conocimiento de lo que sucedía a mi alrededor. Idéntica experiencia había tenido cada uno de los presentes. El asistente se sonrió y nos explicó que el fenómeno no era difícil de producir con un juego de espejos, fotografías y videoclips, aunque para mí sigue siendo un misterio cómo logró algo tan vívido. El tema sobre el que nos hizo reflexionar es el siguiente:

–Ustedes han visto una sombra que no han podido identificar con seguridad, ni su pertenencia a una edad o un sexo determinados, ni su especie animal. Un experimento similar se puede hacer de muchas maneras. He elegido hacerlo así de acuerdo con los medios que tengo a mi disposición. Al final se han dado cuenta no sólo de que se trataba de una persona humana de edad juvenil o entrando a la madurez, sino más concretamente aún de ustedes mismos. Cada uno pudo reconocerse como observándose desde afuera. Mi pregunta es: ¿qué proceso se lleva a cabo para esta constatación? Es verdad que todas las escenas fueron filmadas no sólo con un ser humano como protagonista, sino con alguien de la edad de ustedes, de manera que el resultado era en algún sentido previsible. Pero lo verdaderamente interesante es el proceso que nos conduce a ese resultado. El primer paso sería averiguar cómo hacemos para reconocer que lo que tenemos enfrente es una persona humana.

–La figura exterior no basta, claro –fue la primera reflexión–, ni siquiera la postura erguida, que marca la diferencia dentro de un proceso evolutivo con antecedentes y presupuestos bien determinados.

–Bueno, bastaría con dirigirle la palabra, preguntarle quién es.

–Bien podía tratarse de alguien que no conoce nuestra lengua.

–Sin duda será capaz de identificar nuestra voz como voz humana y emitirá algún sonido articulado por su parte, para que lo identifiquemos también como congénere.

–Bien puede guardar silencio total, o emitir sonidos tan desconocidos y diferentes de los nuestros que pensemos que se trata de un animal salvaje. Baste pensar en algunas de las descabelladas hipótesis de los europeos sobre los indígenas después de su arribo a América o sobre la población negra del África. No son opiniones desinteresadas, por cierto, provocadas por la mera aspiración científica de saber, pero por más imbuidas que estén de un deseo desaforado de enriquecimiento y de beneficio puramente particular, las mismas no habrían podido llegar a ser de ningún valor político o económico si no se apoyasen sobre creencias generalizadas en las sociedades del viejo continente.

–La pregunta se hace muy difícil cuando la planteamos antes de todo conocimiento mutuo. Mientras más retrocedemos en la historia, mayor parece la prevención y el miedo entre los pueblos antes de conocerse.

–Hay preguntas que habría que plantear desde el comienzo. Para que reconozcamos a alguien como persona humana, ¿es menester que tenga la misma forma corporal que vemos en cada uno de nosotros? Pareciera que no. Es posible pensar en seres que no tengan brazos o piernas, ojos, orejas, o uno solo en cada caso, o tres o más, o sin cabeza, cuadrados, redondos, piramidales, de figura irregular, de dos, tres o múltiples colores, transparentes. ¿Cuáles son los requisitos para que los reconozcamos como humanos? Mientras más cosas pongamos en la balanza, más indiferentes resultarán.

–Incluso muchas aptitudes superiores pueden ponerse en cuestión, como las técnicas y artísticas, las sociales y las políticas, pensemos en la construcción de la casa de un hornero, en la organización de las abejas y las hormigas, por dar solamente algunos ejemplos.

–Sólo nos quedan, entonces, las facultades puramente interiores, por llamarlas de alguna manera.

–¿A saber…?

–¿Las facultades intelectuales?, ¿las emocionales?, ¿morales, sociales…?

–Pero ¿no son ésas las más difíciles de investigar? Y aun suponiendo que nos pusiésemos de acuerdo sobre cuáles hay que privilegiar y cuáles no, y que además pudiésemos definirlas claramente, ¿cómo nos daríamos cuenta de que quien tenemos delante hace uso de ellas si no entendemos su forma de expresarse y él no entiende la nuestra?

El asistente no intentó conformarnos con ninguna respuesta definitiva y nos retiramos del seminario discutiendo o cavilando en silencio. Los interrogantes planteados se metieron muy dentro de mí. Cuando volví a casa lo primero que hice fue encerrarme en mi habitación, encender la lámpara de la mesa de noche e ir a sentarme frente al espejo de mi cómoda y mirarme. Sí, soy yo, me dije. Y sin embargo una duda empezó a escarbar mi interior con creciente intensidad. A medida que fijaba mi vista con más cuidado en mi rostro me parecía que el mismo se desarticulaba en sus diferentes partes, como si fuera a terminar cayéndose a pedazos. Y al final quedó… nada, ¿te das cuenta? Nada, sólo una sombra en la que, con un poco de esfuerzo, se podía reconocer mi figura. Me fui a la cama sintiendo que mi sombra crecía en las paredes y amenazaba con desplomarse sobre mí. Te llamé, ahora recuerdo, te llamé susurrando temblorosa, también llamé a mamá, a quien tanto echo de menos. Me costó mucho conciliar el sueño ante la presencia inexplicable de esa sombra que se acercaba y alejaba sin obedecer a ninguna regla manifiesta. Apagué la luz y comencé a escuchar pasos sobre la alfombra, entre los muebles, alguien que se sentaba en la silla que yo había dejado, o en el canto de mi cama, incluso en la cabecera, oía también una respiración más o menos regular, más o menos dificultosa, más o menos agitada, de vez en cuando un carraspeo, una tos, un silbido. Creí que iba a enloquecer. Hasta que me dormí. Desperté a la media mañana, cuando ya hacía rato que te habías ido. Tu trabajo, que siempre ha sido muy intenso, te tiene ahora ocupado todo el día. No quise interrumpirlo y me fui a leer a la biblioteca de la facultad. Así comencé a visitarla diariamente, ir a algunos bares un poco más alejados, deambular sin rumbo fijo. A veces me parece verme a mí misma al final de la calle, en el fondo del corredor de la biblioteca, sentada a la mesa frente a mí. Escucho mis pasos caminar junto a mí cuando vagabundeo por las calles, oigo mi propia voz detrás de mí cuando estoy leyendo, a veces adelantándose a mi texto, otras murmurando uno completamente diferente. Me llama la atención cuando voy a cruzar la calle o doblar una esquina, cuando estoy por tomar un taxi o bajar del colectivo. Lo que más me desespera es cuando no se trata de una persona sola, sino de varias, que discuten entre sí, que no se ponen de acuerdo, que me echan en cara esto y lo otro. Y esas personas tan diferentes las soy todas yo, yo misma, ¿te das cuenta? Por las noches tengo a menudo pesadillas muy similares a mi primera experiencia frente al espejo cuando había vuelto de la facultad. Luego me despierto completamente rendida. Hay veces que creo no poder más.

–Pero ¿cómo es posible que no me haya dado cuenta de nada? ¿Por qué no me lo has comentado en todo este tiempo?

–Se pueden comentar con cierta tranquilidad las cosas que se comprenden bien, no lo que se nos escapa completamente de nuestra capacidad de entender. ¿O no es así? Tal vez tenía miedo, simplemente, de mostrarme desnuda en medio de todos mis temores y de mi total perplejidad.

Traté de transmitirle toda la comprensión y calma posibles, hacer que recuperara su confianza y su autoestima. No le mencioné para nada lo que yo mismo había presenciado aquella noche, en la que seguramente habría sufrido alguna pesadilla. Volvimos juntos a casa y me quedé a dormir en su habitación. Creo que pasó una noche bastante tranquila. Me levanté temprano como siempre, la desperté, tomé mi desayuno y le dejé preparado el suyo. Fui a mi consultorio, donde me esperaba un día muy atareado. La llamé a media mañana y conversamos un poco. Todo parecía normal. Al mediodía volví a llamarla y no respondió. Tenía un almuerzo de trabajo muy importante al que no podía faltar. La llamé repetidas veces con el mismo resultado. Cancelé mis turnos para esa tarde y volví a casa a toda velocidad. No estaba allí. La busqué por todos los sitios que solía frecuentar. Llamé a nuestros amigos comunes, a sus docentes, intenté ponerme en contacto con algunos de sus compañeros de estudio, nadie sabía nada. De modo que avisé a la policía local. Hasta el día siguiente no pudimos enterarnos de su muerte. La hallaron en la casa del instituto de la que me había hablado. De algún modo se había hecho con la llave y se había encerrado allí. Hubo que forzar la puerta para entrar. Se había desplomado sobre la mesa con un paro cardíaco. El libro sobre el que aún estaba su mano era una novela de un autor desconocido, titulada “Un signo de interrogación”.

Lo del paro cardíaco me resultó convincente en un principio, si bien hasta el momento no había manifestado síntomas que hubiesen podido predecirlo. Tuvieron que morir imprevistamente los otros dos pacientes que he mencionado, con muy pocos días de diferencia, para que, en vistas de la sucesión de muertes inexplicables en nuestra sociedad, comenzase yo mismo a atar cabos. No puedo hablar de esos pacientes, ni siquiera mencionar su nombre, pero sí puedo decirles que lo que les sucedió coincide exactamente con los supuestos que estoy tratando de explicar. Lo que no significa en absoluto que ellos también hayan llegado a la muerte por caminos semejantes. No. Curiosamente, las situaciones y los motivos de los decesos se diferencian mucho entre sí. Lo que permanece igual es el aislamiento en que tienen lugar, el hecho de que no hay ninguna participación aparente de otra persona y –esta es la tesis que yo agrego– la lucha de la víctima con su propia identidad. Me costó mucho comprender este proceso, porque nadie habla expresamente sobre él. En un momento dado el individuo del caso se encuentra huyendo como enloquecido de sí mismo y persiguiéndose sin piedad hasta que consigue alcanzarse, detenerse y enfrentarse consigo cara a cara. No se acusa de algún error en particular que hubiese cometido y que pudiese ser el motivo de su persecución. Lo que le abisma es sólo la ignorancia sobre su propia identidad. Y el resultado “exitoso” que corona sus afanes es la catástrofe final: lo que tiene en sus manos es el vacío.

En el libro que había quedado sobre la mesa había unas hojas sueltas escritas por mi hija a mano y con fecha, una especie de diario íntimo improvisado de los cinco últimos días, con un texto irregular y discontinuo, que dejan primero entrever y luego constatar claramente el creciente desdoblamiento, triplicación, multiplicación de su personalidad. Pensamientos diferentes y hasta contradictorios se suceden sin un orden manifiesto. Lo único que se hace cada vez más evidente es su lucha interior consigo misma, que por momentos se torna desgarradora. Dos o tres veces se hace alusión a una versión grabada de los pensamientos, de modo que me aboqué a su búsqueda con ahínco. Hasta que encontré un chip con material audiovisual, que, entre otras cosas, contiene una serie de grabaciones producidas evidentemente en un lapso que no excede el de una semana antes de la muerte. Escuchen ustedes uno de los diálogos que me parecen más significativos. Las diversas voces son todas de ella a pesar de sus grandes diferencias; en el fondo puedo llegar a reconocer algunos rasgos suyos que me resultan familiares, sobre todo después de haber presenciado aquella escena de su desvelo nocturno que ya les he contado.

A. (Voz varonil, cavernosa y agresiva) –¿Qué es lo que has hecho hoy? ¿Qué es lo que estás haciendo ahora?

B. (Voz femenina, firme y recriminatoria) –¿Cuáles son tus proyectos, tus sueños, tus deseos?

C. (Voz juvenil masculina, amable y conciliadora) –¿Podrías nombrar una sola actividad que sea realmente tuya y que te permita decir “sí, esta soy yo”?
Largo silencio

D. (Voz femenina, perdida) –Estoy preparando mi próximo examen, no tengo tiempo para pensar en otra cosa.

E. (Dos voces jóvenes, una de mujer, otra de varón, que hablan como de común acuerdo) –El estudio no es lo más importante.
D. –Cómo que no, es lo único que da unidad a mi vida cotidiana.

E. –¿Unidad? ¿Corriendo de un curso a otro, presentando un trabajo después de otro, asistiendo a exámenes, leyendo libros y artículos de todo tipo?

B. –Antes salías muy a menudo con tus amigos, incluso tenías alguien a quien querías mucho…

E. –¿Por qué aferrarse a la vida? ¿Hay algo que nos impida cruzar el umbral hacia el otro lado, aparte de un miedo indeterminado e irracional?

A. –¡No se te ocurra dudar! Vivir es lo único que cuenta. Sólo hay que mirar en derredor: no hay nadie que no persiga este único fin: vivir.

B. –Vivir, ¿un fin en sí mismo? ¿Sin una finalidad distinta por la cual justamente valga la pena vivir?

A partir de ahora las voces individuales no se mantienen constantes, se quiebran y cambian de registro, se confunden y chocan con las otras, intervienen algunas nuevas.

–¿Te has mirado hoy al espejo?

–¿Has echado ya una vista a todo tu cuerpo? ¿Arriba y abajo, por delante y por detrás?

–¿Es tuya la mano que estás tocando? ¿Es tuya la mano que está tocando?

–¿Son tuyos los ojos que miran, los oídos que escuchan?

–¿Son tuyos los pies que te llevan?

–Vengo a buscarte para llevarte conmigo.

–No hay sangre en tus venas. No se sienten latidos de tu corazón.

–Ana María, Ana María, Ana María…

No quiero abrumarlos con tanto material. Tampoco considero importantes por sí mismas las cosas que se dicen. Piensen ustedes solamente que se trata de una y la misma persona detrás de todas las diferentes voces y formas de pensar. Les repito que esto es sólo un ejemplo, un individuo elegido al azar –por el azar de ser precisamente tan allegado a mí–¬ con su forma peculiar de vivir los conflictos que será muy diferente de la de otros. Pero lo que sostengo es que detrás de todas estas muertes que presenciamos el problema de fondo es el mismo: la lucha del individuo por la propia identidad desaparecida. Su unidad la puede ir perdiendo poco a poco durante algún tiempo más o menos largo hasta que llega a explotar desencadenando una batalla desgarradora, o la ruptura puede presentarse completamente de golpe, como es lo que parece suceder en la mayoría de los casos. Con todo, es siempre el mismo tema. Por eso propongo hablar de un suicida serial; este suicida infatigable es la “identidad” que se pregunta por sí misma y se va buscando pero que al encontrarse no es capaz de soportarse y termina matándose. Se trata de la misma persona en el sentido anteriormente indicado, de un único personaje, la interrogación en persona, en la persona de la identidad o la identidad en la persona de la interrogación. Se mata una y otra vez a sí misma consecutivamente, pero siempre bajo la identidad de alguien diferente. El signo de interrogación que deja como señal no sería, tal mi hipótesis, un llamado de atención para quienes persiguen su pista, como en una novela policíaca o en un film noir, sino la desconcertada confesión de ignorancia real sobre su propia identidad personal, la que busca en cada una de sus víctimas, con la que se identifica cada vez que se mata a sí misma. Los pasos son muy simples y bien definidos: pérdida de identidad, su búsqueda, horror ante su revelación, suicidio y consiguiente pérdida también de la última identidad recientemente descubierta, de modo que nueva búsqueda de identidad, y así… El suicida es insaciable.

 

III –Sin conclusiones

Al día siguiente volvimos a reunirnos con el grupo grande de interesados, aquellos que a pesar de su escepticismo presentían la posibilidad de alguna aclaración en las reflexiones del psiquiatra. Repitió más o menos las mismas ideas, sin mencionar, claro está, los detalles que nos había revelado a quienes fuimos a su casa. Luego agregó:

–Debemos partir, entonces, de una personalidad atrapada en una red de preguntas que se repiten sin encontrar respuesta. Ellas son lo único de que dispone. Una la conduce a la otra y ésta a la siguiente, aumentando vertiginosamente de velocidad, en una vorágine cuyo punto central y más hondo es la duda sobre la propia identidad. La situación de ahogo llega a hacerse insoportable y el sujeto decide terminar definitivamente con ella. Lo cual significa terminar consigo mismo, dado que las preguntas no son otra cosa que él, y él no más que una suma de interrogantes. Tampoco es del todo correcto el nombre de “decisión” para este paso final, en el que el personaje no tiene de dónde aferrarse y está completamente a merced de la corriente que lo arrastra hacia el último punto del abismo. Al llegar aquí, el suicida se asombra ante su propio desdoblamiento como víctima y como victimario, causa y producto a la vez de la pérdida de identidad. No sabe, literalmente, quién es, ignora que él mismo es la pregunta como personaje, la propia identidad entre signos de interrogación que se va buscando a sí misma, y, cuando cree haberse encontrado identificándose con un individuo determinado, sólo consigue constatar su vaciedad. Esta vaciedad le provoca horror, ese horror que a veces se manifiesta también con signo propio, el de exclamación, y se ve compelido a eliminarla, es decir: a eliminarse.

Los comentarios fueron diversos, dentro del desconcierto general:

–Pero ¿cómo se puede llegar a un punto tal de desesperación? –preguntó uno de los presentes, haciéndose eco de una cuestión que nos inquietaba a todos.

–No solamente el final es cuestionable, todo lo es, ya desde el primer paso. Usted comienza con la presuposición de una pregunta repetida hasta el agotamiento –fue otro de los comentarios–. Yo nunca he tenido una experiencia semejante, ni conozco nadie a quien le haya sucedido algo así, atareados como estamos todos en nuestras ocupaciones diarias.

–Más problemático es el contenido que va adquiriendo la pregunta –agregó otro–. ¿Cómo es posible que alguien pierda la identidad? ¿Justamente la identidad? ¿Como se pierde un objeto cualquiera por la calle? Pero de ningún modo es un objeto cualquiera, algo indiferente, sino precisamente lo contrario, lo que hace a cada uno bien diferente de todo y de todos los demás.

La discusión se continuó en estos términos y otros similares sin que se llegase a ninguna conclusión definitiva, sino más bien a una especie de malestar compartido. Nadie parecía haber obtenido algún resultado concreto o estar satisfecho con la forma en que se encaraba el problema.

Sean correctas o no, las reflexiones de Olivieri dan mucho que pensar. Yendo más allá del planteamiento de estas primeras dudas y analizando los pasos subsiguientes con un poco de sistema, tendríamos esta escala de interrogantes:

1) ¿Es posible que se trate de una seguidilla de suicidios? Una sospecha difícil de comprender, pero las muertes acaecidas no han permitido hasta ahora otra explicación. Nadie ha presentado una propuesta alternativa razonable.

2) El próximo paso es todavía más difícil de aceptar: la posibilidad de un suicidio serial, que haría suponer, si no un acuerdo tácito entre los actores, al menos un contacto relativamente íntimo entre ellos, inexistente en la realidad, dado que se trata en su mayoría de personas que no tienen nada que ver entre sí, si exceptuamos los posibles encuentros casuales debidos a sus actividades sociales o profesionales.

3) Pero mucho más difícil de sostener aún es el paso subsiguiente: la hipótesis de un único suicida serial, que se contradice a sí misma porque supone que alguien ya muerto pueda volver a matarse. Si la hipótesis anterior no tiene base en la experiencia, esta otra es directamente imposible. Ni siquiera se la puede pensar.

El Dr. Olivieri propone superar las dos últimas dificultades transformando la identidad o la interrogación en un personaje etéreo. Una especie de nube de humo que puede colarse en todos los intersticios y se encarna una y otra vez en una figura diferente. Hasta el momento no ha logrado convencernos.

A cambio de eso, un temor indefinible se ha ido expandiendo imperceptiblemente en nuestro medio. Nadie se atreve a reconocerlo públicamente, aunque no faltan quienes lo den a entender cuando se encuentran con gente de su íntima confianza. Es que ¿quién puede estar dispuesto a aceptar que el peligro no viene de afuera, sino que esté dentro de uno mismo? Hay quienes miran en derredor con desconfianza. Otros prefieren no poner de manifiesto ningún tipo de emoción negativa. Sea cual sea el motivo, lo cierto es que una amenaza inaprehensible e inconfesable parece cernirse sobre muchos de nosotros. La sospecha que la acompaña se ha ido apoderando de cada uno con mayor o menor intensidad de cada uno, a pesar de la resistencia a expresarla en voz alta por no poner en evidencia el miedo que palpita por dentro, sea para no pasar por cobarde, sea para no alarmar a los demás inútilmente: ¿Le tocará a alguno de nuestros familiares o amigos? ¿A quién? ¿Dónde? ¿Cuándo? Pero la duda más inquietante que nos corroe es la de si será uno mismo el suicida siguiente. ¿Yo, justamente yo? ¿Por qué?

En lo que a mí respecta, prefiero mantenerme calmo y conservar mi escepticismo. No tengo una posición tomada frente a estas disquisiciones, sino más bien interrogantes, muchos interrogantes, los que prefiero callar y no comentar con nadie. Pero alguna explicación deberá tener todo esto ¿no? ¿O acaso son esas mismas preguntas las que carecen de sentido? No sé, ¿quién soy yo para juzgarlo? La temática se ha tornado demasiado complicada ¿Por qué no seguir simplemente viviendo como hasta ahora sin temores ni pensamientos extraños? Sin embargo, a mí me queda la inquietud, y creo que con sobrada razón. ¿Y si hay mucho más sentido encerrado en esas dudas del que podríamos imaginar de forma inmediata? ¿Un sentido que en una primera aproximación se nos escapa, que sólo se delata al introducirnos de lleno en el tema y que tal vez sea precisamente el que ha descrito el psiquiatra? ¿O acaso otro? ¿Pero cuál? ¿Por qué no meditar un poco sobre esa hipótesis aparentemente tan curiosa de un suicida serial? La idea parece ridícula, lo sé, y no quisiera detenerlos más a ustedes con una cuestión que no tiene salida. Quede sólo como pregunta y nada más, una pregunta que me viene persiguiendo desde hace algunos días y yo, personalmente, me hago a mí mismo sin intención de arrastrar a nadie hacia ella. Una y otra vez, una y mil veces. Puesta entre signos bien grandes de interrogación.

 

Ubaldo perez 375Ubaldo Pérez-Paoli
Argentino, oriundo de la ciudad de Santa Fe, licenciado en filosofía por la Universidad del Salvador de Buenos Aires, doctorado en filosofía en Alemania con una tesis sobre Hegel y habilitación en el mismo país con una tesis sobre Plotino y san Agustín. Fue profesor de filosofía medieval y metafísica en la Universidad Nacional del Sur de Argentina, y profesor de colegio secundario en un instituto de Brunswick, docente de filosofía, latín y griego en la Universidad Técnica de esa ciudad. Participación como cantante en diferentes proyectos de tango, cantautor, miembro del proyecto “En camino”. Diversas publicaciones en castellano y alemán.

Material enviado a Aurora Boreal® por Ubaldo Pérez-Paolioto.Publicado en Aurora Boreal® con autorización de  Ubaldo Pérez-Paolioto. Fotografía Ubaldo Pérez-Paoli© Julia Roggero.

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