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Puro Cuento

Tomás González - Luciérnagas

tomas gonzalez 250Cuando a Jesús, que era escultor, le dieron una beca de seis meses para Florencia, Atilano y él llevaban ya dos años juntos. Le dieron la beca, ofreció una aparatosa fiesta de despedida y, sin dignarse a pedir el consentimiento de nadie, se fue para Italia.

Jesús era varonil, más bajo que Atilano, de cabello castaño claro y ojos color de miel. Atilano era trigueño, de estatura mediana, barba cerrada, ojos muy negros, pelo ensortijado muy negro y dientes blancos y parejos. A pesar de su evidente feminidad, a pesar de la relación con Jesús, sus hermanas negaban siempre que fuera homosexual. Lo negaban incluso con vehemencia y, sin embargo, lo llamaban Niní.

—Cepillate, Niní —le decían—, que mirá que se te va a dañar toda esa dentadura tan bella que tenés. Atilano había dejado de lavarse los dientes, por despecho, para vengarse de Jesús. Con un rictus amargo y sin mencionar para nada su nombre, respondía que no tenía a nadie para quién cuidarse la dentadura. Si la ingratitud fuera mierda ya nos habríamos ahogado
todos, queridas, ¿o no?

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Última parada de Liliam Moro

liliam moro 250El pasado sábado 14 de marzo de 2020 fallece en su casa de Miami la poeta y escritora cubana Lilliam Moro Núñez. Reproducimos acá en un homeanje a esta escritora cubana su relato "Última parada" publicado en el Nr. 11 de septiembre de 2011 de nuestra revista Aurora Boreal® impresa.

 

 

 

 

 

Última parada

De pequeño tenía un tren de madera; lo hizo el tío Fermín y me lo regaló un día de Reyes. Es lo que mejor recuerdo de mi infancia: aquella locomotora pintada de negro, con sus tres vagones rojos; el tosco y querido tren de madera en el que quería salir de España y llegar a América.

Dicen que la vida es un eterno retorno, pero yo creo que es un monótono ir y venir por las mismas estaciones; sólo varían los viajeros que nos acompañan.

La ingenuidad de la infancia había quedado atrás, así que, ya mayor, logré irme al otro continente en el transporte normal que escogen los adultos. Ahora, después de 20 años, regresaba como viajan los turistas.

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No tener cara

no face 250a Luis Sagasti

 

Es una expresión que siempre me llamó la atención, aunque quizás ya pertenezca a esa lista de las que uso frente a mis alumnos, en los que solo encuentro una mirada helada de incomprensión, de distancia temporal. Creo que “no tenés cara” se puede parafrasear como “sos un hipócrita”, “justo vos decís/hacés eso”. O, simplemente, por “sos un caradura”: curiosamente, suena contrario y es muy parecido. O a lo mejor me equivoco.

No sé lo que la gente ve en la cara de otra gente. Yo no veo nada. O veo el reflejo de lo que ellos ven en la mía, lo mismo que veo en este momento en que escribo —muy mala idea— frente a un espejo. Sin embargo, eso es, en rigor, imposible; o muy superficial: por ejemplo, no pueden ver, como veo yo, o como creo que veo yo, que mi cara se parece cada vez más a la de mi viejo.

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Recolectar sombras

brenda morales 250No eran más que sombras. Todos mis sentidos las percibían como siluetas, espectros o cuerpos vacíos. Me recordaban las manchas que deja el velo en un carrete fotográfico. Yo podía verlas, pero, por más que intentaba, no lograba descifrarlas. Eran imágenes opacas, casi imperceptibles. Parecían inanimadas y, sin embargo, sentía que me miraban. Incluso sentía que me hablaban, creía que lo hacían porque alcanzaba a ver que algo parecido a una boca se movía sin que mis oídos consiguieran escuchar sonido alguno.

Solían presentarse sin avisar y no siempre eran las mismas, o quizá mutaban sin que me diera cuenta. Empecé a sentirlas en las tardes, a esa hora en la que la luz del sol da paso a la de la luna. Cuando me había acostumbrado a esas apariciones cambiaron su rutina. Poco a poco me acompañaban de día y en las situaciones menos oportunos.

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Volver a la tierra

IMG 0245Se despidieron en el aeropuerto con lágrimas urgentes. Prometiendo escribirse y extrañarse por los próximos doce meses.

Había postergado el viaje por mucho tiempo. Pero esta vez el cuerpo se lo pedía. Olvidarse de todo. Vivir de su morral. Apartarse de su mundo. Caminar. Quería dormir otra vez una noche entera, sin pesadillas ni ataques de ansiedad.

Fiel a la promesa, en pocos días Rodrigo llenó el diario que Julia le había regalado con las primeras impresiones de la meseta, sin olvidar momentos significativos en la vida compartida desde hacía un par de años. La mañana en que ella se apareció en su oficina con el cabello trenzado para venderle los boletos de una rifa, los largos paseos por el bosque, discutiendo poemas y películas. O el único viaje que hicieron juntos al sur, donde descubrieron lobos marinos y tortugas carnívoras.

Anotó para ella la costumbre de algunos aldeanos de barrer las aceras. El olor de las aguas frescas. Los gusanos extraños que devoran en ciertos pueblos, revueltos con huevo o envueltos en hojarascas de maíz. El gusto popular por las tripas y los sesos. Los músicos panzones. Y el fervor de los fieles que llegan de todos los puntos cardinales, a pie o de rodillas, para pedirle un milagro a su virgen negra.

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La Palabra Pintada

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