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Puro Cuento

Ya nadie escribe cartas de amor

jose prats sariol 250Para María Ítaba

Carlos piensa que hoy tampoco ha venido la mujer de ojos que son tallos tiernos de agave, de un verde medio gris, arenoso. Le preocupa que no haya recibido respuesta. Por ella y su sonrisa de muchas gracias. Porque entonces su carta se envolvió en otro no vale la pena, en un cliente menos entre los que aún acuden. O porque él ha ido perdiendo cualidades. De pasarse meses y meses sin escribir una carta de amor, quién sabe si las musas huyeron, si se le oxidaron sentimientos, entendederas. O tal vez olvidó las letras de sus boleros preferidos: “Amor de mis amores”, “Piensa en mí”… “No puedo ser feliz” para pedir el regreso, rogar clemencia con “Perdóname conciencia”, conquista en los versos de “Te quiero”.

Carlos no puede quitarse la historia de quien no dijo su nombre, aunque sí firmó porque a leer y escribir había aprendido de niña, pero no llegaba hasta la escritura de una carta de amor. “Qué va. Confío en usted”, le había dicho. Y sonrió levemente cuando se la leyó antes de meterla en el sobre, escribir la dirección del destinatario que traía en un papelito, pegar el sello humedecido con el dedo ensalivado y dejar que ella pusiese, sin él verlas, las señas de la remitente. Dársela y cobrar. Pedirle que volviera cuando recibiese respuesta, cuando quisiera porque estaba listo para otra carta, conversar del amor sin cobrarle, de puro obsequio a su mirada, a ser la única cliente que solicita cartas para un enamorado olvidadizo.

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La Cumbre - Melba Escobar

melba 250Ya entonces podía reconocer las ventajas de ser la más pequeña. En la parte trasera del jeep Nissan verde manzana modelo ‘76 donde siempre eran una familia, su madre sabía armar una cama en el suelo para ella. Cada vez que hacían este recorrido, Serrat cantaba desde una vieja casetera. Camila no entendía la letra pero sentía que una tristeza se apoderaba de todos al oírlo; incluso el paisaje se iba poniendo melancólico a medida que se alejaban de la ciudad y Serrat se instalaba en su lugar de siempre. La madre contaba historias mientras miraba por la ventana. Aquella vez contó que sus hermanos jugaban a orinar desde un balcón cuando eran pequeños. Ganaba el que mandara su chorro más lejos. Su madre cerró esta anécdota con una risita que fue interrumpida por su padre, quien se apresuró en decir que no veía la gracia de esa historia.

La monotonía del paisaje, Serrat y las curvas, le producían nauseas con la misma violencia. Entonces cerraba los ojos y se veía como una hormiga que avanzaba por los pliegues de un elefante dormido. Nunca se le ocurrió hasta donde era esta imagen la verdadera causante de su malestar. Cuando el elefante se incorporaba o salía al trote, Camila sentía venir las arcadas. Era instantáneo. Su madre se daba vuelta con cara de preocupación: ¿Ves lo que te digo? La leche achocolatada te cae fatal. El padre detenía el jeep y la madre limpiaba los restos de leche y huevos revueltos. El viaje continuaba, pero por más que Camila se esforzara en pensar en otra cosa, volvía siempre al elefante. La culpa era de esa tierra árida y roja donde las montañas parecían haberse insolado desde el origen del mundo.

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Marta Orrantia - Un trabajo sin cobrar

marta orrantia  256–No tengo el dinero, Juan –dijo Carla, y encendió un cigarrillo.

Juan se quedó en silencio. Sabía que lo tenía. Era una chica rica, después de todo. Había llegado hasta su casa en un auto europeo blindado, manejado por un conductor macilento que la había despedido en la esquina, como cada jueves en la noche.

También, como todos los jueves, se iba a revolcar con él en su cama, exhibiendo impúdica un collar de platino, una argolla de bodas con siete diamantes diminutos y un anillo de compromiso con un diamante que ella llamaba Imaybé.

Tenía el pelo desordenado y unas cuantas canas le brillaban a la luz de los faroles de la calle. Era el único indicio de su edad, porque la piel parecía la de una adolescente y el cuerpo flexible, como de gato, le daba un aire infantil.

–¿Cuánto tienes? –preguntó por fin Juan.

Carla arrugó la nariz, asqueada por la pregunta. Tenía lo que quisiera, por supuesto, pero debía pedirlo. No era cuestión de sacarlo del banco. Si era honesta consigo misma, en su cuenta, a su nombre, no tenía nada. Quería ser escritora, pero su marido seguía diciendo que eso no era más que un pasatiempo, y ella había terminado por creerlo. Jamás se había atrevido a enviar un manuscrito a una editorial, así que se dedicaba a hacer traducciones comerciales del francés, un oficio que pagaba poco, mal y a destiempo.

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El abrazo - Yolanda Reyes

yolanda reyes 250Quitarás las sábanas para ponerlas en la lavadora y descubrirás, al lado de mi cama, las botas que compramos juntos el sábado, cuando hiciste la lista de lo que me haría falta en Colombia, y yo pensaba que no me haría falta nada de todo eso que anotabas, pero no sabía cómo decírtelo y fuimos a comprar las botas. Intentarás llamarme para decir que las botas se me han quedado, que podrías llevármelas al aeropuerto, y puedo imaginar tu cara al oír que mi móvil está sonando debajo de la cama.

¿Te das cuenta de que sí era importante revisar?, dirás al aire o a ti misma, como si hubieras ganado una batalla, pero en algún momento entenderás que tantas cosas no se me pueden haber olvidado exactamente.

Entonces volverás a ver mis botas, ya sin prisa, y tal vez vuelvas a decir cómo ha pasado el tiempo, como solías decirme cuando íbamos a comprar zapatos de uniforme, al comienzo de todos los septiembres, y me contabas la historia de esas botas que habías tenido que rellenar con algodón cuando viajaste a Colombia a recogerme. Verás también ahí, bajo la almohada, mi manta de estrellas y la echarás entre la lavadora y te acordarás de cuando no te dejaba que la lavaras, nunca jamás, y de cuando la olía después de llegar de una excursión y descubría que sí la habías lavado y te decía, nunca jamás voy a confiar en ti, mamá, solo para ver el reflejo de mis palabras en tu cara.

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Margarita García Robayo - Sopa de pescado

margarita garcía 250Una mañana muy temprano, cuando el señor Aldo Villafora todavía dormía, lo perturbó un olor muy fuerte a pescado hervido. No llegaba a ser olor a sopa; le faltaban condimentos y yerbas y, claro, le faltaba el anís que Helena le ponía a todo. O sí, llegaba a ser olor a sopa, pero una sopa claruchenta y desabrida. Pensó que estaba soñando.

Después de dar varias vueltas en la cama y de aplastarse la cabeza con la almohada, Villafora por fin se levantó. Se sentó, respiró hondo un par de veces y ese olor inmundo se le metió por la nariz, le bajó por el esófago y se le instaló en el estómago. Era como cuando aparecían pescados muertos en la playa y pasaban semanas sin que nadie los recogiera. Y allí se podrían, y el aire se impregnaba de ese olor a carne ennegrecida, muerta.

En la mesa de noche, el reloj de arena tenía casi toda la arena en la parte de arriba y apenas una capa muy fina en la de abajo. Era el comienzo de otra hora: Villafora no recordaba cuándo había terminado la anterior, cuándo le había dado vuelta el reloj de arena. Pero no le extrañó. Últimamente ni se daba cuenta de cuándo la noche se hacía día.

Se paró de la cama y se amarró la sábana a la cintura. El espejo de pared le devolvió la imagen de un tipo gastado por el trasnocho: flaco pero ácido, la piel transparente como el papel mantequilla y esas venas azules que le recorrían el cuerpo como el mapa hidrográfico de un país con muchos ríos. Villafora era el dueño de un bar viejo que también era su casa. Se llamaba «Helena», como su esposa, que había muerto por culpa de una enfermedad larga y dolorosa, que le fue tomando cada hueso del cuerpo hasta dejarla tiesa, delirando en una cama. El bar quedaba en la planta baja: era un lugar despojado, un bebedero fabril con mesas y sillas de madera, y una gran barra con banquetas altas. Había un ventanal que miraba a un callejón –por la mañana se parqueaban carretas con verduras y por la noche algunas putas que, cuando no conseguían clientes, iban a parar al bar–. La casa quedaba arriba: era una pequeña sala con ventana, seguida de un cuarto con su baño. Por la ventana de la sala se veía el puerto, que no funcionaba mucho como puerto; era más bien un depósito de canoas y lanchas pesqueras de poca monta. La ciudad era un balneario turístico, un lugar de paso para mochileros y parejitas precoces fugitivas.

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