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Puro Cuento

De poetas y aviadores

Santiago GamboaEsta historia que me dispongo a contar es algo triste y, la verdad, no sé por qué voy a contarla ahora y no, por decir algo, dentro de un mes o dentro de un año, o nunca. Supongo que lo hago por nostalgia de mi amigo el poeta portugués Ivo Machado, que es uno de los dos protagonistas, o tal vez porque acabo de comprar una pequeña avioneta de metal que ahora tengo en mi escritorio. Disculpen el tono personal. Esta historia será excesivamente personal.

El protagonista número Uno es, como ya dije, el poeta Ivo Machado, nacido en las islas Azores, pero lo que nos importa es que en su identidad civil, la de todos los días, es controlador aéreo, una de esas personas que están en las torres de control de los aeropuertos y guían a los aviones a través de las rutas del cielo.

La historia es la siguiente: cuando Ivo era un joven de 25 años (a mediados de los ochenta) controlaba vuelos en el aeropuerto de la isla de Santa María, la más grande del archipiélago de las Azores, en mitad del Atlántico, equidistante de Europa y América del Norte.

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Álbum

hector abad 250Todos los jueves almuerzo con mi madre. Por mucho tiempo ella ha estado viviendo en una residencia para ancianos donde dispone de un pequeño apartamento. Cada jueves, llueva o truene, llego poco después del mediodía, y charlamos un rato. A la una nos sentamos en el comedor, una mesita estrecha al lado de la ventana que da al patio. Soy el único invitado, pero ella pone la mesa como si viniera a comer quién sabe quién: mantel y servilletas de lino blanco, bordados; cubiertos de plata; vasos de cristal, dos pequeños, para el vino, y dos grandes, siempre llenos de agua helada. La vajilla –de Limoges, con el borde dorado y el monograma de Palacio– es la mejor que tiene (la otra, la del diario, es de plástico). Sólo la usa los jueves, cuando vengo yo, y en todo caso no podría usarla si hubiera más convidados, pues casi todos los platos se quebraron y apenas si quedan piezas para dos comensales.

Mi madre planea el menú desde el martes y encarga por teléfono los ingredientes; si hay que aliñar la carne o marinar algo con tiempo, empieza a hacerlo desde el miércoles, en la cocina de la residencia. Prepara siempre un banquete; las recetas las toma de un cuaderno amarillento escrito de su puño y letra hace muchos años, durante el tiempo en que vivía con su padre. Las instrucciones para cada plato son precisas en las cantidades y muy detalladas en el procedimiento. Son las viejas recetas que mi madre les vio hacer paso por paso a las cocineras de Palacio. Poco antes de la una mi madre va hasta la cocina y trae las fuentes en un carrito de ruedas. Cuando llega, pone las fuentes sobre bandejas de plata marcadas con el mismo monograma de la vajilla. Entre las bandejas y las fuentes pone también una carpeta de lino, tan blanca como el mantel, y del mismo bordado. Mientras comemos, seguimos conversando. Dedicamos un rato a comentar el sabor y la calidad del almuerzo. Con el pretexto de que es bueno para el colesterol, tomamos siempre vino tinto. Éste lo llevo yo, porque mi madre no podría permitírselo. Si algo queda, ella se lo toma a lo largo de la semana.

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Presagio: Tres cuentos ilustrados de Claudia Neira Rodas

claudia neira 250Presagio: Tres cuentos ilustrados

La profecía de la lechuza

Tyto alba o lechuza de campanario. Normalmente anidan en lugares bastante altos, como las torres de las campanas de las iglesias, de ahí su nombre. Su cara es plana, sus ojos son negros y pequeños, su pico es como un delgadísimo dedo que termina en una garra fina. Sus plumas suelen ser blancas con ligeros toques de un marrón entre claro y oscuro, dependiendo de su tipo. Son muy hermosas, muy elegantes.

Hay una familia de lechuzas de campanario viviendo en la parte alta de mi edificio. La gente de los otros departamentos quieren envenenarlas o matarlas y eso me entristece mucho, porque a mí me encantan. No hacen ningún daño, sólo viven ahí y no han causado ningún problema real. Al parecer la gente tiene miedo de sus chillidos, seguramente los asocian con algún tipo de superstición popular, ya que la leyenda dice que anuncian la llegada de la guadaña. Si investigaran un poco más, descubrirían que no sólo están asociadas con la oscuridad o la muerte, sino también con la sabiduría. Algunos pueblos aborígenes de Australia, por ejemplo, piensan que representan la esencia de las mujeres; los griegos le confirieron a la lechuza el honor de ser compañera de la mismísima diosa Atenea. Son animales que cazan sus presas como cualquier otro para poder sobrevivir. Me irrita pensar que una leyenda tonta ponga en peligro la existencia de estas majestuosas aves.

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Griselda, el vendaval y los girasoles

william navarrete  © Pierre BignamiUna noche de fin de agosto, Griselda Hasting tuvo un sueño extraño. Se hallaba sola cuando una ventolera, tan fuerte que se tragaba sus gritos, forzaba las puertas y ventanas de su casa arrastrando todo a su paso. De pronto, en otro espacio, en un país en el que nunca había puesto los pies, se veía a sí misma, parada delante de un cuadro colgado en una impecable sala que parecía pertenecer a un museo. En el cuadro habían sido pintadas, como impactos de balas, varias flores marchitas, las corolas resecas, los pétalos desparramados sobre la superficie, como si una tromba de agua y viento los hubiese desprendido, salpicando todo el espacio.

En su sueño, Griselda recordaba que, después del paso del vendaval, el piso de su casa había quedado cubierto de girasoles. El cuadro reflejaba exactamente las paredes de la vivienda que, chorreando los pétalos y las corolas de esas mismas flores, conservaban, como un regalo del cielo, las marcas del impacto de las espeluznantes ráfagas.

Se despertó un poco agitada, removida por la imagen, e intrigada por la inmaculada blancura de la sala del museo soñado; y se obligó a disipar las preocupaciones de su mente. Siempre se había comportado como lo que era, una mujer recta, maestra de escuela hasta su jubilación, y encargada ahora de velar, por deseo propio, y desde hacía décadas, por que al modesto templo de la Virgen de la Caridad, olvidado y casi en ruinas, el primero de todos los que se habían erigido en la Isla, no le faltase nunca un ramo de girasoles.

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La turista

marcos pico renteria 250Esta fue la segunda vez que me contrató. El trabajo no es difícil si la conciencia me deja seguir adelante. No hubiera sido muy distinto trabajar como taxista o con un Uber, pero no es lo mismo. Ella me contactó muy temprano por la mañana. Le gusta levantarse y saludar al sol, costumbre que quizás leyó en algún libro de autoayuda o le copió a alguien que usa su espiritualidad como una moda pasajera.

Mornin’ Josh.

—Es Josué, ya le dije que mejor me hable en español.

—I’m sorry, can’t help it. Pero tienes razón, tengo que practicar.

Yes, you must. ¿Lista?

—Sí, vamos.

Mi ruta siempre es la misma y comienza al punto de la una de la mañana en la casa del cliente. Durante el verano, esta ciudad siempre es como un carbón que nunca se apaga, sino que pretende sofocarse para después encender con mayor furia. El ciclo es el mismo en mis clientes. La sencilla timidez que pretenden a primera vista es simplemente una máscara. No una como las que describe Paz, sino la que utiliza el mundo para pretender que todo es normal, que la ansiedad diaria se sofoca con ridiculeces diurnas, pero al final del día, esa ansiedad vuelve para retorcer las fibras más sensibles del interior humano.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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