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Puro Cuento

Las huellas del lobo son semejantes a las del hombre

antonio moreno259A Ivet, con los ojos cerrados.

 

Una mañana de marzo de 2014, con un cielo recubierto de nubes desconchabadas, me trepé al auto y conduje de Midland a El Paso sobre la carretera interestatal I-20, con la relativa paz que pueden generar los sutiles paisajes del desierto y las praderas de Texas. Como había vivido muchos años en la costa este, opté que esos días de asueto que me otorgaba el calendario, me servirían para hacer un viaje de reconocimiento, y así empezar a familiarizarme con el lugar. Dice la Historia que Texas es un vasto territorio que había sido considerado como la perla de la república por el gobierno mexicano del siglo XIX, bajo la jurisdicción del estado de Coahuila. Desplazarse a caballo de aquí a Ciudad de México, en ese entonces, era peor que el suicidio. Mientras la joven nación mexicana trataba de quitarse las pajas y el tufo español de las espaldas, llegaban en caravanas peregrinos anglosajones atraídos por lo que pudieran construir en esas tierras. Y ahí estaban a simple vista lo que los integrantes de esas caravanas construirían poco tiempo después, o el resultado de ese desafío, una rica toponimia que apunta hacia varios lados, desde las implicaciones imperiales a los despojos y las infamias en contra del subalterno: Toyah, Pecos, Pyote, Wickett, Thorntonville, Monahans. Tenía previsto detenerme en Van Horn o en Sierra Blanca para estirar las piernas, merodear por el lugar y comer algo que me acercara más a lo mío.

Conducía a una velocidad moderada. De un lado de la carretera, arbustos, vacas pastando, árboles enanos; así se repetía el paisaje, haciéndome bizco. Del otro, las alucinaciones que toda llanura provoca cuando se proyectan los mismos objetos una y mil veces. Obviamente, no es lo mismo observar desde una montaña. En la planicie, el objetivo se torna difuso; un terreno favorable para las quimeras y los caprichos. Llega el momento en que empiezas a imaginar cosas que saltan de ese lugar inalterable, lo que sea—yo siempre imagino un lobo que me mira y me sigue a la velocidad del auto; dinosaurios en busca de pastura, apaches con los rostros pintados, montados a pelo sobre caballos moteados sin rienda, listos para la guerra.

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El joven que vino del mar

mar 250

El relato "El joven que vino del mar" está escrito a cuatro manos entre la escritora María Alejandra Almeida y el escritor Javier Vásconez.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cuando la doctora Vivanco llegó a la estación, el motor del autobús en el cual iba a viajar ya estaba encendido. Le entregó la maleta al controlador, pero subió con su mochila en la mano y buscó el lugar que le habían asignado. Su asiento estaba junto a la ventana en la parte trasera. Ya acomodada allí, se percató de que viajaba muy poca gente. En un asiento delantero hacia la derecha vio a una mujer corpulenta, con una abundante cabellera de color gris.

Eran las ocho de la mañana, cuando el bus se deslizó por las avenidas todavía poco transitadas. Al mirar por la ventana, descubrió una enrome fábrica de ladrillos, cuyo humo ocultó por unos segundos la visión del resto de casas. El rostro de Patricia era ovalado, con unos enormes ojos adormecidos que a momentos parecían volverse verdosos, y una nariz alargada sobre los labios donde se había desvanecido el color del lápiz labial.

Luego de atravesar una serie de barrios periféricos, el autobús desembocó en la autopista que conduciría a San Mateo. Patricia sintió un poco de frío. Abrió la mochila, sacó una chaqueta de color lila y se la puso. En la mano derecha llevaba un gran anillo de piedra luna y en la misma muñeca varias pulseras de hilo de distintos colores, que parecían simbolizar una serie de trofeos. En la muñeca izquierda tenía un cronómetro Bulova de correa de cuero roja, obsequio de su padre cuando se graduó de bióloga. Después de una hora y media, el autobús entró a un pueblo. Se detuvo por unos momentos y descendieron varios pasajeros; luego continuó el viaje. Entonces, Patricia extrajo la tablet de la mochila, la encendió y reanudó la lectura del artículo que había empezado la noche anterior sobre una serie de hierbas recientemente descubiertas en los Andes.

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William el jorobado y el verdugo

araceli otamendi 251¡Oh, muerte, si pudieras negarte a los cobardes y ofrecerte solo como la recompensa al valor!
Lucano, Farsalia

 

 

Se contaba que el día que nació William, el jorobado, un cuervo se posó en la ventana de la casa de su madre y ésta, horrorizada hizo cerrar las ventanas y las puertas para no ver a los otros cuervos que llegaban. Al ver que el niño era jorobado, la madre no lo quiso y lo dejó en el portal de una casa. Era el más feo y deforme de sus hijos. Así empezó la vida del jorobado en ese reino. Una familia se apiadó del niño y lo crió con esmero, dándole educación y buenos principios, pero cuando llegó a la adolescencia, el jorobado escapó de la casa y se dedicó a vagabundear.

William no llegaba al metro cincuenta de estatura y su ocupación consistía en visitar las casas de las viudas y sacarles dinero y joyas. A cambio, con ciertas facultades adivinatorias que el jorobado poseía de forma innata les predecía el futuro. Así William empezaba a transitar el camino de su desgracia. La voz se había propagado dentro y fuera del reino. William podía predecir el futuro y muchas personas llegaban hasta él a consultarlo. A medida que pasaba el tiempo, William vaticinaba desastres, sequías y otras profecías terribles que llegaron a oídos del rey.

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El Mermaids está cerrado para siempre

pedro badrán 250Se me ocurre que podrían aparecer ellos dos, el navegante sentado en su rincón predilecto, cerca de la ventana, y ella reflejada en el espejo, tal vez sin el cigarro pero sí con el humo, porque el humo podría ser algo así como el tono de sus canciones. Por supuesto, también aparecería yo, el viejo y aficionado pintor que a la postre hace las veces de barman, cuando el puerto agonizaba y no había marineros y sólo quedaban Azalea y el navegante. Me pintaré a la manera italiana, renacentista quiero decir –así suene un poco forzado- como por descuido, en un lugar insignificante, detrás de la barra tal vez, como si en verdad fuese un barman, o reflejado de manera lateral en el espejo, opacada mi figura, claro está, por la imagen de Azalea. A lo mejor deba desaparecer por completo, dejar todo el bar-cuadro para ellos y contentarme tan sólo con una representación –casi por casualidad- de mi mano llena de anillos de fantasía, ajena a cualquier pincel. Descartaría los tonos sepias –pues nunca se me ocurrió ser fotógrafo- y las telas falsamente envejecidas, el olor húmedo de los frescos desgarrados y antiguos, pero si hay algo a lo que no puedo renunciar es a la referencia narrativa, prevista ya en los primeros maestros pero sobre todo en ese cuadro de Benozzo Gozzolli, que representa La danza de Salomé y la decapitación de San Juan el Bautista. Salomé baila para Herodes en el extremo derecho del cuadro; al lado izquierdo –hay una columna que separa- un soldado se apresta a decapitar al Bautista y en el centro –pero habría que decir que un poco más allá del fondo, sin separación evidente- Salomé le entrega la cabeza a su madre. La historia, por supuesto, me interesa menos. En mi pintura, sin embargo, una cosa que no puede fallar son esas letras que dicen Mermaids. Son un apoyo necesario a la anécdota pues se supone que ésta trata de un navegante y fuera del Mermaids hay un puerto que naufraga, con buques herrumbrados y gaviotas hambrientas.

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"La huelga" - relato perteneciente al nuevo libro de Óscar Osorio 'La Casa Anegada'.

casa anegada 250La casa anegada
Óscar Osorio
Relatos
Programa Editorial Universidad del Valle, Cali, Colombia
Páginas 100
2018

 

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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ISSN 1902-5815   Versión impresa.

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