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Cartografía económica: 'Alicia, esto es el capitalismo' de Carlos Villacorta

alicia capitalismo 152Alicia, esto es el capitalismo
Carlos Villacorta
Novela
Editorial Intermezzo Tropical
2014

 

 

Durante toda la lectura de la novela Alicia, esto es el capitalismo  de Carlos Villacorta, me he sentido interpelado, recordando la salvaje subida de precios en los noventa, el desempleo de nuestros padres, mis primeros años de universitario con poco dinero, y las constantes marchas estudiantiles en las calles de Lima. Por ello quiero comentar la obra desde mi vivencia en los noventas y desde la comprensión social de la misma. Para orientar ello, me valdré de una pregunta que cruza la novela ¿qué significaba ser un joven de clase media o clase media baja en los noventas en Lima?

Antes de responder vale señalar que en esta novela hay una continuidad con el ultimo poemario del autor, llamado Ciudad Satélite (2007). En Alicia, esto es el capitalismo, Villacorta activa algunas de estas ciudades satélites, Ventanilla y La Victoria, para volverlos escenarios de sus dos principales personajes, el Tigrillo y Alicia. Parece que por momentos, estas ciudades satélites se vuelven centrales en tanto cruzan las biografías y repertorios de estos dos jóvenes que intentan supervivir y hacerse adultos en una ciudad sin oportunidades.

Ahora sí, regresemos a la pregunta: ser joven de clase media o media baja en los noventas, era ver como nuestro gobierno entraba como el alumno más aplicado de un modelo económico neoliberal, que generó una ola de despidos que obligó a esta clase media a replantear sus proyecto. Los despidos afectaron los vínculos afectivos al interior de las familias. El dinero no alcanzaba y nuestros padres discutían más. En esta clase media, los hombres habían construido su masculinidad principalmente por el trabajo, por reproducir su rol tradicional de hombre proveedor. La masculinidad construida en torno al trabajo se desvanece. El padre de familia pierde identidad y poder, sus hijos ya no lo respetan como antes y nadie quiere verlo tanto tiempo en la casa. Villacorta aborda esta desestructuración de los lazos familiares, poniendo en evidencia el proceso del padre que abandona a la familia. Así retrata a una sociedad de padres ausentes, donde es la madre la que se queda, sufre pero a pesar de ello, debe hacerse cargo.

En ese proceso, los hijos, sobre todos los mayores, deben asumir el rol del padre, tomar su lugar, volverse adulto de la noche a la mañana. Sin embargo, aquí Villacorta se aleja de ese modelo, pues el personaje del Tigrillo, el hijo mayor, por una discusión con la madre también se va. No asume el rol que el padre ha dejado. Decide salir y madurar fuera del centro familiar. Decide hacer de Lima y de su nuevo trabajo en un fast food su nueva familia.

En los noventa, nuestra generación clasemediera se inaugura laboralmente, en el mejor de los casos, en estos restaurantes de comida rápida. Jóvenes universitarios hacen colas para acceder a trabajar a estos fast food made in usa, formando la mano de obra barata global. Villacorta nos muestra estos espacios a modo de microcosmos, una organización jerárquica y que parece reproducir las diferencias sociales a su interior. En esta jerarquía el área de cocina posiblemente tiene el ultimo escalafón. En estos espacios de especialización y alienación, resulta difícil salir. Incluso los personajes visitan Pizza Jat cuando no tienen porque ir, porque sencillamente no tienen dónde.

A través del Tigrillo nos cuenta el detrás de cámara de Pizza Jat, pero también de su propia vida. Un joven que no tiene donde dormir, que parece no tener ninguna aspiración más que supervivir. En este detrás de cámaras nos lleva a distintos barrios, como Santa Rosa en el Callao y a uno anónimo como el aeropuerto. En ese no lugar, donde no sabes si estás llegando o te vas, dormía a veces el Tigrillo. Se vuelve una suerte de limbo en la cartografía de Lima. Un espacio para detenerse, que conecta o desconecta el centro de las periferias. Un lugar sin identidad donde como dice el Tigrillo “nadie te molesta. Ni siquiera el olor, porque los aeropuertos no huelen a nada, solo al vacío, al silencio, a la purificación” (p. 30).

alicia capitalismo 351Si los padres del Tigrillo y Alicia vivieron la farsa del retorno a la democracia con el gobierno de Belaunde en los ochenta, ellos vivían los noventas del paquetazo y las desapariciones. No fue fácil ser joven en los ochenta, tampoco en los noventas. En esas dos décadas se vivió una guerra protagonizada por jóvenes, tanto como victimas o victimarios, mientras que el poder seguía intocable y bailando al ritmo del chino.

El estatus social de estos jóvenes trabajadores se construía por el lugar donde trabajabas, pues no era lo mismo trabajar de mozo en una pollería de barrio que hacerlo en Piza Jat. Incluso los requerimientos de este ultimo, exigían ser estudiante universitario y dependiendo del puesto, cierta altura y color de piel. Como diría en una parte de la novela “pero la verdad que trabajar en este local es una forma de ascenso y de prestigio como en pocos lados se puede encontrar” (p. 20).

En los noventa los proyectos cambian, y los grandes relatos se desmoronan. Nuestros padres ya no pueden pensar en futuro, y nosotros menos. Vivimos el día a día, resultaba difícil tener proyectos pues no sabíamos en que momentos nos iban a despedir, desaparecer la policía o por una bomba cerca de nosotros. Era vivir un no futuro, tal como le dice el abuelo al Tigrillo “en estos tiempos, no se puede pensar nada a futuro. No tiene sentido” (p. 44). En los noventas pasamos aceleradamente de la juventud a la adultez. Un rito de pasaje avalado por las instituciones y mecanismos del gobierno. Un sistema que nos convirtió en adultos con un futuro borroso.

Ya en la segunda mitad de la novela, Villacorta nos sorprende relatando a través de la Alicia. Una voz femenina critica y que observa detenidamente su entorno, aspectos que lo diferencian del Tigrillo, más preocupado por la cotidianidad y por buscar dónde dormir. Alicia no trabaja en un fast food sino en un supermercado como impulsadora. En este espacio ella es un producto más y se siente agredida por el acoso que recibe en este espacio por ser mujer. Así lo relata: “Luego merodeaban esos hombres que te miran como si fueras un pedazo más de carne, un pedazo de esta tienda (…) como si lo que vendieras fuera tu cuerpo, tu culo, tus piernas, tus senos, todo aquello que pareciera ya no pertenecerte (…) porque te lo quitan en la calle y en tu casa, o te lo quitan con cada grito o dizque piropo que te dan mientras caminas” (p. 161).

En este espacio se da cuenta del modo en que opera el capitalismo, de sus ironías y contradicciones. Cuando la protagonista afirma “¡Qué ironía! Trabajar en un supermercado y morirse de hambre” (p. 164), o cuando nota que en un país donde la gente se muere de hambre, la empresa avícola decide volcar un camión lleno de pollos porque hay exceso de producción y eso hará que bajen los precios. En lugar de venderlos a menos precio o donarlos, es mejor matarlos en un accidente planificado.

Alicia también aprende que el capitalismo a la peruana refuerza el racismo, reviviendo y actualizando nuestras sombras coloniales. Como por ejemplo cuando Alicia es despedida no por incompetente, sino porque “un día decidieron que preferían a otra chica para el supermercado (…) Más alta, de pelo más claro, de ojos más claros, de tez más clara” (p. 173).

El sistema expulsa a Alicia a la periferia de la periferia. A esos barrios donde el Estado no llega, donde “algunos no pueden pagar el seguro ni un plan de entierro”, en un país de indocumentados donde “algunos se han muerto, y nadie se ha enterado que han nacido” (p. 237). En esos extramuros, Alicia ejerce un nuevo empleo, maquilladora de muertos. En una ciudad de apariencias, parece que ni con la muerte podemos ser tal cual, sino que siempre tenemos que interpretar un papel y un falso guión.

Alicia, sufre también las consecuencias de un estado supuestamente laico que le tema a la religión. Uno donde la mujer no puede ser dueña de las decisiones que tome sobre su propio cuerpo. Alicia, mujer de clase media baja, debe recurrir a un servicio clandestino de aborto, poniendo en juego su propia vida. Porque ella ha nacido en una país abortivo y cuyas políticas publicas conducen a la muerte de la mujer sin recursos.

Finalmente, queda la pregunta de qué somos cómo generación, una que ha sido testigo de una guerra interna y del hambre, una que actualmente parece marearse con tanto crédito bancario, 4 x4 y una promesa exitosa Marca Perú. Esta es la pregunta que Carlos Villacorta nos ha planteado con maestría en Alicia, esto es el capitalismo.

 

jorge juarez li 350Jorge Juárez Li
Sociólogo y magíster en Antropología Visual por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Forma parte del Grupo de Investigación en Antropología Visual-GIAV de la misma casa de estudios. Docente en temas de diseño, música y cine en la PUCP, UPC y USIL. También editor de El Muro, revista de Cultura y Política para América Latina (www.revistaelmuro.com). Ha sido ponente nacional e internacional en temas de música, fotografía, arte contemporáneo y educación. Recientemente ha sido el curador de la muestra “Entre la Calle y la Galería: Trayectoria del colectivo LimaFotoLibre (2006-2016)” en el Centro Cultural España.

 

Materiales enviados a Aurora Boreal® por Carlos Villacorta. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Carlos Villacorta y Jorge Juárez Li. Foto Jorge Juárez Li © Jorge Juárez Li. Carátula de Alicia, esto es el capitalismo © Editorial Intermezzo Tropical cortesía de Carlos Villcaorta.

Los amigos invisibles - próxima publicación

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