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Mini Relato

La Puelcheana

Agraciela vega 002l pie de la sierra más alta de Lihué Calel, debajo de un alero de piedra, Puelcheana y Kurá guardaban las mantas de piel de guanaco y una pila de leña. El hombre salía a cazar animales y la mujer recolectaba semillas. Sobre la roca habían dibujado sus nombres con ceniza y raíces. Por las mañanas les gustaba subir a la montaña, haciendo equilibrio

entre las piedras. Saltaban esquivando las espinas. Se desafiaban para ver quién de los dos llegaba primero a la cima. Siempre ganaba Puelcheana que conocía los atajos y las huellas de los animales como nadie. Arriba, mientras esperaba al marido, se detenía a mirar la inmensidad.
En ese amanecer de agosto, el sol —como una flor naranja— subía frente a las sierras. Puelcheana se refregó las manos para entibiarlas y las miró. Eran pequeñas y ásperas como el desierto. Cielo y sal por todos lados, solo las sierras protegían del viento y ofrecían un poco de agua para beber. Esta vez algo le oprimió el pecho. Se estremeció y buscó abrigo en el viento. Esta vez Kurá se demoraba. A lo lejos, Puelcheana percibía la voz del volcán mientras un poco más abajo los jotes volaban alborotados. Apretó la frente entre las rodillas y así, acurrucada, sintió los latidos del corazón. Respiró profundo y levantó la cabeza. Por el desfiladero, allá abajo,venía Kurá.


Quiso mirar y la sal, extendida como un manto sin límite, la encandiló. Siendo niña la había llevado por primera vez a la boca y ahora la sed le volvió a la memoria. Amaba ese lugar en donde había nacido y era feliz. Solo que a veces, cuando rugía el volcán, ella y Kurá pensaban en partir hacia el llano en busca de un lugar más estable. Pero Puelcheana no estaba convencida, no podía imaginar una vida fuera de las sierras.

Graciela Vega (Argentina). Trabajó como docente, bibliotecaria, tallerista en promoción lectora y educación ambiental en Buenos Aires, Entre Ríos, La Pampa y Chubut. Escribió cuentos para niños, y algunos libros para adultos (manual, novela, cuentos y ensayos). Coordinó el Programa de Lectura de Libros y Casas de Cultura de la Nación. Y desde allí fomentó la promoción Lectora en Familia. Viajó en bibliomóvil animando a la lectura en lugares no convencionales: cárceles, hogares, hospitales, entre otros. Capacita docentes y coordina actividades de literatura infantil. Investiga y da talleres sobre la estimulación perinatal de la Lectura. Fue redactora especial de la revista Billiken. Fue jefa editora de Primer Ciclo en Macmillan, Puerto de Palos. Trabajó como editora externa para El Barco de Vapor y editora de Segundo Ciclo en Editorial SM. Trabajó como editora de material didáctico de ciencia para Estación Mandioca. Escribe literatura y material didáctico para las editoriales: Estrada, Puerto de Palos, Tinta Fresca, Guadal, Mandioca, Atlántida, Beeme Elefantino, Estelar. Colabora con el periódico Noticias de Lomas. Dicta talleres de escritura.

Se frotó los ojos con los dedos y estiró el cuello. Kurá subía, menos mal, por el desfiladero y ella, aliviada, planeó bajar a escondidas para sorprenderlo. Pero de pronto, la montaña se sacudió. El volcán estaba vivo. Puelcheana quedó paralizada. Debajo de ella las piedras se partían. El susto le contrajo una pierna como a los flamencos de la laguna del salitral. Atenta estaba. Oyó nuevamente la voz del volcán. Hubiese querido estar en el refugio con Kurá, entibiando el cuerpo a su lado. Bajó el pie y la montaña volvió a temblar. El volcán no callaba. Puelcheana se puso en cuclillas y nuevamente se rodeó con los brazos. Otro sacudón y se puso de pie y gritó. Después corrió, saltó de roca en roca, arañándose las piernas al tropezar. Cayó. Volvió a levantarse una y otra vez. Kurá la llamaba para bajar y huir.
—Puelcheanaaaa...
Entonces la montaña se dividió en dos. Kurá cayó también y la grieta los separó.
—Puelcheanaaaa...
Ella detuvo el paso. Se detuvo. Quieta. A un paso de saltar hasta él. Hubo un nuevo temblor y la grieta se hizo más profunda. La lava no tardó en bajar. Ella quedó de un lado, él del otro. Puelcheana lloraba ahora. El cuerpo no le respondía. Saltar o quedarse. No tuvo tiempo para pensar y el corazón decidió. Si sus pies hubiesen huido antes... Kurá era su compañero... pero el deseo de permanecer había sido más fuerte.
Primero fueron los brazos los que se extendieron hasta terminar en puños de los que brotaron espinas. Toda ella se balanceaba sobre la roca. Le siguieron los pies que como raíces se hundieron en las uniones de las piedras. Y Puelcheana se fue abandonando a su deseo. Pronto todo el cuerpo se puso verde y fue cubierto por esas blancas y filosas agujas. Del pecho le brotó una flor naranja como el sol que se levanta cada mañana frente a las Sierras de Lihué Calel.

 

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El cactus llamado Puelcheana solo crece en estas sierras. Los paisanos suelen llamarla también "Traicionera" porque, bajo el aspecto inofensivo de
las flores, las espinas asoman como dientes. Si alguien la toca, ella teme que la saquen de su lugar.
Solo entonces usa las espinas para lastimar al osado, abriéndose en la carne y desgarrándola sin compasión.

 

La Puelcheana nviado a Aurora Boreal® por Graciela Vega. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Graciela Vega. Foto Graciela Vega © Graciela Vega.

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