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Puro Cuento

Visceralia (en cuanto se respire)

rafael romero 252Le contaré un secreto atómico.
Interrúmpame si ya lo sabe.
William S. Burroughs El almuerzo desnudo

 

Wonk Kwok-Heng se encuentra frente a un cuadro de Malevich mentalizándose para tratar de vencer la supremacía del blanco. Nadie lo ha obligado, pero siente la necesidad de anteponerse a lo que su mirada capta. Desde niño aprendió que como hombre se debe estar por encima de todo lo que se crea y, aunque el cuadro no sea parte de su creación, (él se dedica a otros quehaceres más ingratos: escribir biografías), se ve empujado a situarse por encima de lo que el cuadro significa para él y entenderlo desde esa perspectiva. No hay desdén hacia el artista, tampoco mofas. Hay admiración. Hay intriga. He ahí el reto.
Ignora si se trató de un chispazo producto de una inspiración sugestionada por sustancias o por desesperaciones extremas. No sabe quién es o fue Malevich. Viendo el cuadro intuye una desgracia. Eso es lo que mejor sabe: lo que son las desgracias. En su caso cree apropiado diferenciarse. A pesar de su vida de tribulación continua, él ha sabido canalizar lo negativo, lo exasperante, y rellenar el recipiente de la basura con la mayor parte de ello. Y salir avante, siempre por encima de las cosas, con el fulgor de una mitología personal que lo satisface cada vez que se ve en el espejo, cada vez que lee su nombre en los periódicos y en las revistas, cada vez que Ruey-Jiuan lo acaricia y le dice que el amor es ciego y que el blanco no existe, que no es un color sino una tonalidad, y que puede ser vencido con tan sólo rozar la yema de un dedo y que ésta contenga en sus diminutas ranuritas la suficiente cantidad de suciedad como para derrocar esa gran totalidad imperativa.

Me excita saber que me supera en sabiduría, arguye Wonk. Sale del museo y va hacia donde Ruey-Jiuan, la besa y, sin darle muchas explicaciones, le encarga la compra de papel “inmaculado”. Inmaculado, eso dice. Fuma un cigarrillo local, exento de nicotina, y, por quinta vez, se larga otra vez al burgués salón donde se encuentra su enemigo: el cuadro. Allí deduce que aunque el blanco sea manchado, salpicado o emporcado, seguirá siendo blanco. En el fondo sigue siendo blanco, o al menos, así parece, medita. Su exploración no lo ha llevado a ninguna parte y su posición de novato lo conduce a maldecir en contra de su amada. Su razón duró una mierda, concluye respirando hondo y profundo. Pero de inmediato entiende que ella no tiene ninguna culpa y, muy cerca de su compostura estereotipada, sabe que él tampoco. Pero su impotencia lo perturba y el reflejo de su imagen en las puertas giratorias del museo lo desubica, le permite verse tal cual es: un individuo deforme, inútil por no poder renovar su figura individual y desplazarse hacia lo alto.
Ahora su indignación es doble.
Ruey-Jiuan ha obedecido. El papel espera sobre el escritorio como si fuese un platillo exquisito dispuesto a ser digerido antes de que el ambiente lo enfríe o de que algún bicho indeseable pretenda ser parte suya. Wonk Kwok-Heng titubea un poco, sus ancestros recomiendan una buena dosis de respeto por el objeto antes de arrojarse en pro de su anhelado disfrute. Su mujer le recomienda no precipitarse, de todos modos, el tiempo va a seguir ahí, “necio, mellizo de la eternidad y compañero de la incertidumbre”. Él admira sus palabras. Pero la vida es corta y en cualquier momento nos cancela, acota para sí mismo. Acto seguido y, como partícipe de una experiencia ya experimentada, resuelve capitalizar su osadía como muchos antes lo hicieron más de alguna vez. Es una cuestión ancestral, medita viendo a su amada, en silencio.

Da dos pasos e inspecciona su pecera. Nota que sus Betta Splendens ya se acostumbraron a ella y no necesitan más agua de la que contiene, tampoco tienen miedo a aburrirse por nadar y nadar en tan monótono terreno. Así es la vida, ir, venir y no descansar nunca. A lo peor, adecuarse o bien, simplemente acomodarse. Ruey-Jiuan lo ve desde su hamaca, meciéndose y sosteniendo un tazón rojo con sus pálidas manos.

Al lado del papel, la mujer ha instalado una bandeja. En ella descansan una cuchilla y un pañuelo blanco; sublime prenda de que goza las iniciales de la dinastía Wonk en filigrana. A través de cortinas, también blancas, la luz del sol se interna y recae directamente sobre el papel como si se tratara de “un iluminado”. Algún dios aguarda en él el holocausto conveniente, deduce Wonk Kwok-Heng. La sien le palpita y el filo de la cuchilla parece relatarle epopeyas, retándolo, desafiándolo con su presencia. Amarillo imbécil, es la frase que él escucha. Y se repite, la ofensiva frase se repite. Entonces toma el papel, blanco, y hoja a hoja lo va acondicionando a lo largo de toda la estancia, en el suelo. Luego, se desnuda y se sienta en el centro.
Ruey-Jiuan lo observa. Sabe lo que ocurrirá, pero no parece entristecerse. Ansiosa, se acerca, le lame la nuca y lo abraza por la espalda colocándole las manos en su vientre de tembloroso celebrante. Es una señalización, piensa Wonk y acepta. Toma la cuchilla, cierra los párpados con fuerza y escinde su musculoso vientre. El líquido bermejo no tarda e invade toda el área genital y las piernas. La mujer se excita.

Si se tratara de otro individuo, uno débil y enfermizo, el dolor lo dominaría fácilmente enviándolo al suelo y provocándole convulsiones. Pero no. La constitución física de Wonk Kwok-Heng le permite superiores atentados. Por eso, continúa hincado, sin perder la calma, soportando. Ruey-Jiuan se aleja de él, consciente de que es hora de que el celebrante cumpla su deber y se consagre como el primero en vencer el tabú del color blanco. ¿Se trata de deshonrar la sensibilidad más elevada, de infamar la pureza más alta conseguida? No, niega. A pesar del sufrimiento, Wonk sigue cuerdo y entiende que no se trata de tales cuestiones, no originalmente. Se trata, según su pensamiento, de ser libres y de no depender de ninguna hegemonía.
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Sin embargo, la lucha es inevitable. Por eso extrae sus más próximas entrañas envueltas en brebaje rojo y líquidos biliares. El papel es el receptor más propicio para la consumación del rito. Tibios órganos van siendo colocados con temblor y esmero. Ruey-Jiuan se muerde los labios, la punta de los dedos, la palma de una mano. Su piel está pidiendo ser lamida. Sus manos sudan y los vidrios se ensombrecen poco a poco. Sus ojos brillan al contemplar a Wonk distribuyendo sus entrañas, delgados y finos metros y metros de tripa pestilente sobre el papel “inmaculado”.

Cuando su amado está punto de desmayarse, Ruey-Jiuan se acerca a él y le ofrece una tarántula. La vista de Wonk hierve en niebla y sólo percibe las cosquilleantes patas del arácnido sobre su rostro. Con el pañuelo la mujer trata de higienizarle las heridas, el rojo es demasiado escandaloso. Mientras tanto, la tarántula prolonga su paseo indagatorio. No se sabe exactamente qué es lo que le produce a Wonk Kwok-Heng pensar que su misión ya está cumplida, pero lo cierto es que en su mente hay una humilde celebración y un merecido ambiente de victoria. No ha logrado un cuadrado blanco sobre fondo blanco, ni hazañas semejantes, pero sí ha desacralizado al papel y a todo material que se le parezca en color, en tono o en matices.
Ahora es el turno de Ruey-Jiuan quien no se contenta con ser una mera asistente, sino que, olvidándose un poco de su anterior excitación, toma las riendas de la situación y se alza como co-celebrante. Su tarántula ha conseguido apaciguar el temblor y el terremoto sensitivo del cual había sido víctima su amado. Por eso suspira, la toma entre sus manos y la devuelve a su tazón rojo. Wonk ha sido sosegado por las diminutas caricias del gigantesco bicho y ahora duerme profundamente. Es hora de silenciar el espacio. Ruey-Jiuan se deshace de la bata que la cubre y se acaricia.
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En el sótano de aquella estancia, una cueva en forma de bóveda octogonal, cientos de murciélagos baten sus filosos remos con esmero y con violencia; se han agitado por el haz de luz vertical que produce la abertura del portón que se ha movido en la entrada y también por el hambre. Ruey-Jiuan se prepara para saldar su cuota como parte del rito. Su cuerpo es blanco y lampiño, excepto sus labios, sus ojos negros y su vulva, que es de un rosa pálido y mortuorio. Ruey-Jiuan es una especie de simpatía albina de movimientos precisos y livianos.

La mujer se acuesta al lado de Wonk después de haber recolectado una ración razonable de vísceras y se restriega el cuerpo entero con la obra de su amado, con la esencia de su hombre, con los tibios restos que alteraron el candor del papel inmaculado. También Ruey-Jiuan es una obra y su adrenalina le ratifica la noción de que a pesar de ser eso, una obra, vive y está viva. Mientras tanto, la respiración de Wonk se va haciendo imperceptible. Turbios ancestros lo asedian en onírica pesquisa.

Wonk Kwok-Heng expira cuando el reloj de arena marca las…
Empapada de acidez y éxtasis, Ruey-Jiuan considera minúscula su participación y se propone a digerir los amorfos ornamentos que resbalan en su cuello, costados laterales, pubis y piernas. Entonces, se incorpora lánguidamente y con la cuchilla hace tajos con fervor culinario; uno por uno se los lleva a la boca y, aunque es difícil, los mastica y traga lo que puede, lo demás lo exprime o lo engulle casi entero. Todo ocurre rápidamente y Ruey-Jiuan deglute hasta hartarse. Satisfecha, se levanta y arrastra a Wonk Kwok-Heng hacia el sótano. Los murciélagos presienten la proximidad del ágape y tratan de serenarse cuando la mujer entra en su morada para dispensarles del cadáver de Wonk, hace sólo una hora su amado, uno de los muchos.

Los murciélagos más jóvenes se lanzan hacia él como voraces dardos, con concupiscencia y desenfreno. Los más viejos aguardan en las alturas el momento en el cual Ruey-Jiuan suspire, para descender en bandada y agradecerle con recogimiento, lamiéndole la piel entera.

 

rafael romero 350Rafael Romero
Guatemala, 1978. Ha publicado en revistas impresas y digitales de España y Latinoamérica. Su tesis Léxico, identidad e ideología guatemalteca en La Puerta del Cielo y otras puertas, de Luis de Lión, recibió el grado honorífico de cum laude. Realizó estudios de narrativa en la Escuela de Letras de Madrid. Creador de la revista antológica de arte y literatura Te prometo anarquía. Ha publicado Distensión del ansia (Alambique, 2011, poesía), Génesis y encierro (Cultura, 2011, relato), la trilogía El elegido, Chichicaste, Zánganos (Alas de Barrilete, 2012-2014, novela), Entelequias (E/x, 2015, relato), Nadie advirtió el rencor de las precipitaciones (Círculo Cultural, 2015, poesía), así como las plaquettes de poesía El convoy en el que habito se desplaza entre tinieblas (Ultramarina, 2013) y Orgánica palabra (Sin Tecomates, 2014). Actualmente reside en Logroño, La Rioja.

 

 

 

"Visceralia (en cuanto se respire)" enviado a Aurora Boreal® por Rafael Romero.  Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Rafael Romero. "Viscerali (en cuanto se respire)" hace parte del libro Génesis y encierro (Editorial Cultura, 2011). Carátula Génesis y encierro © cortesía Rafael Romero. Carátula Entelequías © cortesía Rafael Romero. Foto Rafael Romero  © Luis Asin.

Los amigos invisibles - próxima publicación

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