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Puro Cuento

Reflujo pasajero - Janette Becerra

jeanette becerra 250[T]here was a long and tumultuous shouting sound like the voice of a thousand waters— and the deep and dank tarn at my feet closed sullenly and silently over the fragments of the “House of Usher”.
The Fall of the House of Usher
Edgar Allan Poe

 

Sintió algo así como el engranaje del carro en la cresta de la montaña rusa, una sacudida similar a la de esos frenazos súbitos en auto o a los tirones que dan las transmisiones al embragar, y después, por uno o dos segundos, la sensación de auparse en cámara lenta sobre una ola de aire suavísima, mansa, silenciosa, que con intriga lo suspendía en vilo por encima del mundo. Entonces fue igual que si esa ola de espuma aérea se hubiera de golpe desvanecido, o le hubieran quitado una alfombra de nubes de debajo de los pies, porque a continuación lo ensordeció un enjambre de gritos pavorosos y sintió que se precipitaba en caída libre: el estómago hecho un penacho de plumas a la altura del pecho, el pecho encaramado en la laringe, la laringe detrás de los ojos y los ojos en todas partes, inútiles, porque era noche cerrada, ciega, inescrutable. Aterrado, comprendió que el vagón se había descarrilado y descendía fuera de control, apenas rozando los rieles de acero que gemían por recuperar el enganche de las ruedas, así que se agarró desquiciado al arnés que todavía lo sujetaba con firmeza pero que igual caía junto a él, ambos indefensos, insalvables, abrazados en vano contra el vacío.
De un brinco se reconoció incorporado en la cama, sudoroso y jadeante, con las manos aferradas a las solapas del camisón. Tardó unos cuantos segundos en reconocer aquel entorno, que aún parecía exudar cierto matiz onírico: el mullido edredón, el suave ronroneo del acondicionador de aire, el plácido olor artificial a brisa marina que asperjaban los aromatizadores de la habitación. Recordó que era aquella su luna de miel, aquel su hotel en Río de Janeiro y esta, que seguramente dormía a pocos centímetros, la única realidad posible, la íntima realidad gozosa del cuerpo de su mujer. Tanteó con el brazo la oscuridad y pronto halló junto a él la cima de la cadera y el hondo valle de una cintura que hasta a ciegas reconocería. Sólo entonces atinó a reclinarse de nuevo sobre la almohada y adosar su contorno a la carne sinuosa y tibia de la hembra que dormía. Admitió que estaba otra vez en pleno achaque estomacal: el mismo feroz empacho que solía aquejarlo siempre que sucumbía a un atracón nocturno. Acurrucado allí, sin embargo, bajo las tibias sábanas, era mejor agradecer el fin de la pesadilla y dejarse llevar por la calidez de aquellos cabellos sueltos, que olían a huerto de naranjas o a azahar. Y circundando la dulzura convexa de su compañera, sintiéndose seguro otra vez, poco a poco se hundió en la oscura alberca del sueño.

Pero apenas resbaló al otro lado de la conciencia volvió a sobresaltarlo una turbación de vuelco o corazón desbocado. No veía nada, salvo si puede llamarse ver a esa certeza que derivan los invidentes de su audición agudizada, porque él discernía esta vez, sin asomo de duda, el rugido de bestia que hacía bajo sus pies una motocicleta que embestía al abismo, y desorientado se aferraba al manillar y procuraba acoplar de nuevo su cuerpo a la geometría arqueada del chasis para reducir la fricción insoportable del aire contra el rostro y las vías respiratorias, que se desfiguraban con la presión. Calculó en la lucidez ilógica de su estado que hasta entonces había llevado la delantera en la carrera, que recién había saltado el obstáculo más alto, que había perdido el control de la moto y que pronto se estrellaría aparatosamente contra los alaridos frenéticos de sus espectadores, que parecían provenir de todas partes. Tensó aún más el cuerpo y encorvó la cabeza, como exigía ese deporte, para amortiguar el impacto con el casco y enfrentar la caída convertido en una bola humana que rodara por el terreno sin resistencia.
Así lo sorprendió la penumbra del cuarto de hotel: enroscado como un ciempiés, adolorido de tanta contracción muscular. De un salto se apeó de la cama y abrió la boca y los bronquios para tragar por fin una bocanada de aire, porque le pareció que llevaba minutos sin respirar. Aún confundido, fue palpando entre las sombras los muebles y los bordes del colchón hasta llegar a las cortinas, que desterraban a cal y canto los festivos fulgores del bulevar. Las descorrió de un tirón, asfixiado, y aunque la ventana era fija y le vedaba ese oxígeno fresco que sin duda lo haría sentir mejor, al menos logró que la habitación se incendiara con las mechas de luz que ascendían desde la avenida carioca como lenguas de una fogata de carnaval. Maldijo la opípara cena de anoche, el exceso de carne roja que siempre le inducía pesadillas, las casi dos botellas de tinto que habían consumido entre los dos. Procuró despabilarse de las musarañas que aún se le atascaban en las sienes y en ellas reconoció de inmediato la incipiente jaqueca y la promesa de una enorme resaca, por lo que decidió ir al baño y atajar la debacle con antiácido, aspirinas y una buena dosis de agua templada.
elusiones 001Cuando encendió la luz del tocador lo sorprendió en el espejo su juventud, aquella lozanía perenne que tan bien lograba enmascarar su deplorable estado actual. Se sonrió a sí mismo, satisfecho, y de inmediato perdieron importancia los malos sueños, el reflujo pasajero y sus posibles secuelas. Estaba en la cúspide de la vida: afianzado el amor, galopante el vigor, llanas y extensas las estepas del futuro. El viaje de bodas había resultado un festín de incontables placeres y no pocas sorpresas, como ciertos excesos que jamás pensó que su esposa consentiría y habían, no obstante, logrado colarse por esos resquicios que siempre desgarra el alcohol. Se relamió en la tentación de compartir sus proezas con el coro de amigos que reencontraría al regresar: casi podía vislumbrarse cerveza en mano, rodeado de los confidentes borrachos del bar, alardeando de sus peripecias y saboreando las risotadas cómplices, esos guiños de envidia que en seguida se disiparían junto al humo de los cigarros por no cruzar la tenue raya que separa la broma de una afrenta al honor.
No regresó de sus divagaciones hasta caer en cuenta de que llevaba rato echando de menos los frascos de píldoras, que durante toda la semana habían estado alineados junto al lavabo. Entonces recordó que ya habían terminado de empacar, que mañana a primera hora debían abandonar el hotel, y que no podría levantarse a tiempo si seguía desvelándose de aquella forma. Así que llenó un vaso con agua del grifo y se lo bebió de golpe, para regresar cuanto antes al suave paraíso de las sábanas. Tras cerrar las cortinas se dejó caer sobre el océano blando del lecho, que de nuevo lo acogió con piedad.
Pero no bien se hubo deslizado por los resbaladizos toboganes del sopor cuando comenzó a desconcertarlo un frío que le escarchaba las pestañas, los labios, algo más adentro como los pulmones o el corazón, tal vez. No lograba ubicar este nuevo paraje del sueño, pero en seguida advirtió el horror del desplome y el vértigo de la velocidad, y entendió en la oscuridad las convulsas contorsiones de su cuerpo, que una vez más intentaba recuperar el equilibrio. Porque ahora descendía en piruetas cuesta abajo: había acometido la cumbre del Mont Blanc desde la villa de Chamonix, su pueblo natal, pero en una de las curvas había chocado contra un peñasco camuflado de nieve y había perdido ambos bastones y el control de los esquís. Conocía la montaña de punta a cabo: ¿no había crecido acaso al amparo de su sombra helada, desafiando sus pistas más empinadas, conquistando sus despeñaderos de hielo y sal? Le daba rabia consigo mismo verse en este aprieto de principiantes, y aún se aferraba a la certeza de que recuperaría el balance para reanudar erguido el descenso o amortiguar la caída con un deslizamiento lateral, pero la falda nevada se le negaba bajo los pies: no lograba dar con el suelo, y en cambio seguía cayendo, cayendo, cada vez más a prisa, helado hasta la médula, sin tregua para respirar. Oyó gritos emerger de entre los abetos umbríos y se consoló al pensar que alguien lo había visto, que buscarían ayuda, pero no era sino él que gritaba cada vez más fuerte, y cuando ya el pánico estaba a punto de dominarlo —esta vez definitivamente, con las garras bien clavadas en la boca del estómago— su propio grito lo salvó del aprieto y lo llevó de vuelta a la muda habitación.
Cayó de bruces sobre el suelo alfombrado y por unos cuantos segundos continuó bloqueada su respiración, que luego regresó a sorbos enormes, exasperados. El techo le daba vueltas, seguramente por aquellos episodios tan prolongados de apnea, y consideró en serio la posibilidad de telefonear a la recepción del hotel para que enviaran un médico que le inyectara un sedante, aunque mañana perdieran el vuelo y pospusieran el regreso hasta el día después. ¡Maldito rodizio, maldita indigestión infernal que lo enviaba de regreso una y otra vez a la misma pesadilla, aunque con distinto escenario! ¿Qué diablos de efecto había tenido aquella parrillada que lo obligaba a alucinar esta terca caída, la misma que su imaginación procuraba disfrazar de distintos percances pero acababa siempre convertida en un revoltijo de descontrol?
Cuando pudo levantarse a tientas entre las sombras, estiró los brazos y palpó el cuerpo dormido de la mujer, que aún roncaba con suavidad. Buena borrachera llevaba, como para seguir a plomo a pesar de tanto jaleo suyo. Vagamente recordó incidentes turbios tras los cuales ella también perdía el conocimiento, pero no era momento de sucumbir a remordimientos inoportunos que solo aumentarían el malestar. Prefirió acercar la nariz a aquel cuello que olía a pradera o a césped mojado, a cosas parecidas a la bondad de la tierra, y cuando logró recuperar del todo la sensación de realidad regresó al baño para mojarse la cara, buscar los antiácidos así fuera debajo de las piedras, beberse otro vaso de agua y, de paso, orinar. Tenía desde hacía rato unos deseos enormes de orinar, ahora que lo notaba. Orinó por largo tiempo, y cada vez que creía haber terminado volvía el chorro espumoso a gotearse sobre la taza, sobre las losas del suelo, sobre la tapa de porcelana blanca del lujoso Kohler, que coronaba la opulencia de la habitación.
doce versiones soledad 350Regresó a la ventana y entornó la cortina. Avistó la vida nocturna que seguía vibrando a color abajo, en Copacabana, tan ajena a sus congojas gástricas. El bulto de la esposa continuaba inmóvil, y ahora sólo murmuraba sus frases incomprensibles el ducto del aire acondicionado. Hubiera querido despertarla, pedirle que conversaran un rato o hicieran el amor para matar el tiempo hasta el amanecer, pero sabía que era cuestión de aguantar un poco más, y que al menos uno de los dos debía estar descansado para lidiar con el ajetreo del día siguiente. Optó por tenderse en la cama casi sentado, con cuatro almohadas por respaldar: favorecer la digestión quizás lo ayudaría a dormir. Poco a poco empezaron a mezclarse los pensamientos coherentes con esas tramas absurdas de la duermevela, como cierto estallido en la calle y un corre y corre de gente que pretendía refugiarse en su habitación, mientras él empujaba con todas sus fuerzas para impedir que tumbaran la puerta y le gritaba a su esposa que pidiera ayuda para el cuarto 447, porque convenientemente el número de la puerta ahora estaba por dentro y lo tenía justo frente a sí. Y en medio de aquel tirijala claroscuro de repente se veía dotado de remos que usaba para bracear contra la corriente de una multitud enardecida, porque a esas alturas el gentío era un río que se abalanzaba gritando hacia las violentas cataratas de Salto Belo —que tanto le habían impresionado en este viaje— y él tenía que remar contra la turba si no quería desplomarse cascada abajo. Vencido, ya en el filo del barranco, oyó cuando cesó todo estruendo del agua; entonces recomenzaron la aceleración, los bramidos de aquel torrente que lo engullía, la caída al vacío interminable: él por un lado, el kayak por el otro, los órganos del cuerpo flotando sin gravedad, los ojos desorbitados en la noche retinta, las manos frenéticas buscando un asidero, el horror.
Resurgió sentado en la cama y saltó a respirar a mordiscos feroces, con las fauces abiertas, como si el aire fuera su presa y él una bestia voraz y famélica, dispuesta a todo. Le tomó un rato tranquilizarse y comprender que estaba de vuelta en el refugio de su habitación, a salvo de aquel precipicio insistente. De pie junto al que había sido su tálamo nupcial, palpó otra vez el cuerpo de aquella mujer que apacible dormía bajo las sábanas y sólo entonces se atrevió a confiar en esa otra realidad serena. Fue acaso un error exteriorizar su alivio con una inhalación profunda, porque acto seguido el perfume de los aromatizadores le alborotó el estómago. Sintió un hervidero de náuseas regurgitándole en la garganta y corrió hacia el baño para vomitar, pero no alcanzó a llegar al Kohler y en el trayecto fue dejando el rastro de su inmundicia, que se catapultaba como una explosión de vísceras a la brasa.
antrópolis 001Cuando comprobó que el malestar había amainado se lavó lo mejor que pudo y comenzó a desabrocharse la camisa, que había quedado salpicada de flecos como viscosos y nerviosas pinceladas de un ambiguo color merlot. Entonces reparó en que la tela también estaba rasgada: qué mejor evidencia de la turbulenta y recurrente pesadilla de esa noche, de la crispación que sufría su cuerpo cada vez que se dejaba arrastrar hacia la otra ribera de la vigilia. Ya no quería volver a dormir. Iba a seguir en vela hasta que las luces del amanecer anunciaran la hora de marcharse al aeropuerto, iba a sorprender a su esposa con un café hecho por él en la habitación, iba a quedarse despierto, así tuviera que coserse las pestañas a las cejas.
Comenzó a caminar de un extremo a otro del cuarto. Se examinó varias veces en el espejo del baño, que tan bien intuía su espíritu de juventud. Optó por salir al corredor de su piso, a esa hora largo y desierto, y paseó como un fantasma frente a una sucesión de puertas idénticas. Pero al cabo uno se cansa. La noche inmóvil sabe ser larga y la somnolencia va haciendo estragos, hasta que comienza a parecernos justificable primero el sentarse, luego el recostarse —aunque sea un minuto y sin cerrar los ojos— y así poco a poco se van aflojando las cuerdas de la voluntad y de pronto nos sorprendemos pensando cosas raras, insensatas, que no parecen pertenecer a este lado de la razón.
Por eso ahora, que de nuevo se descubre cayendo en picada, trueca el terror por una alucinación tolerable y se figura pelícano, piensa como pelícano, huele el mar. Va de cabeza y fisga la penumbra buscando la iridiscencia plateada de algún pez que esté cerca de la superficie. Busca ventaja a favor del viento, se inclina a 45º, repliega las alas contra el cuerpo ligero. Le parece avistar entre las dunas líquidas cierto destello metálico que flota un poco más allá, así que corrige la trayectoria girando levemente el torso, desplegando otra vez las alas, hasta que el espejo marino se vuelve el único mundo inminente y hay que alargar el pico al máximo y destrozar esa pared de agua a toda velocidad, aunque se aneguen el buche y los bronquios y se procure inútilmente respirar y haya que aceptar, contra nuestra más tierna ilusión, que no se es pelícano: que se tiene miedo, que esto se parece demasiado a morir y que sería urgente despertar. Así reapareció su cuarto de hotel: como un último recurso imperioso, con su tibio colchón, sus cortinas espesas y su olor artificial a mar. Ya no valía la pena recriminarse, culpar a la cena o al vino o a sus vanas promesas sobre no ceder al cansancio: la noche había dictado su sentencia de angustia y era mejor enfrentarla de una vez. Comenzó a preparar café y decidió despertar a la mujer que dormía, aunque fuese aún de madrugada y la aurora, que hacía rato debía haber llegado, quisiera seguirse negando.
Taza en mano se acercó hasta el bulto inmóvil y retiró las sábanas. “Mi cielo”, dijo o pensó, “levántate ya”. Para ayudarla a despertar encendió la lámpara. Pero lo que vio, con esa naturalidad irracional que puebla la inconsciencia, fue a sí mismo acostado, con todos sus años y su voz en eco que repetía “levántate ya”.
Y eso bastó para dar fin a su sueño piadoso y empezar otra vez a caer por los raudos peldaños de la realidad: porque lo cierto es que su luna de miel era un recuerdo remoto, su esposa un puñado de polvo desde hacía décadas, y él, que ya había abordado en Río ese vuelo a París, apenas uno entre tantos pasajeros que también caían, que aullando se sumergían en la noche atlántica, hambrienta, profunda, insomne.

 

jeanette becerra 375Janette Becerra
Puerto Rico. En el 2001 publicó el poemario Elusiones (Editorial UPR), que fue reseñado como uno de los mejores libros del año por el periódico El Nuevo Día. En el 2011 publicó su colección de relatos Doce versiones de soledad (Ediciones Callejón), que recibió el primer premio del PEN Club de Puerto Rico en la categoría de cuento y el segundo premio en la categoría de creación del Instituto de Literatura Puertorriqueña, ambos en 2012. Ha ganado dos premios internacionales de relato en España (Fundación Gaceta 2009 y Encarna León de Melilla 2010), y el Certamen de Cuento de El Nuevo Día en 2011. En el 2012 obtuvo el premio de novela juvenil “El barco de vapor” (Ediciones SM) por su novela Aventura en Antrópolis. En el 2013 resultó ganadora del Certamen Literario del Instituto de Cultura Puertorriqueña, en la categoría internacional de cuento, por su libro de relatos Ciencia imperfecta, que será editado por el sello del ICP durante el año 2014. Su obra se ha publicado en diversas antologías.

 

"Reflujo pasajero" publicado en Aurora Boreal® Nr. 13 Espcial auotres de Puerto Rico, mayo de 2013. Material publicado en Aurora Boreal® con autorización de Janette Becerra. Foto Janette Becerra © cortesía Janette Becerra. Carátulas de los libros Doce versiones de soledad, Antrópolis y Elusiones © cortesía Janette Becerra.

 

 

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AB 13 may 2013 250

 

Los amigos invisibles - próxima publicación

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