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Puro Cuento

A ella le encanta que traiga amigos a casa

araceli_otameni_016"Estamos sujetos a una eterna incertidumbre que nos presenta sucesivamente bienes y males que siempre se nos escapan"
La Rochefoucauld


La mano temblorosa de la mujer colgó el auricular y luego, descolgándolo, casi con alivio escuchó el sonido normal del tono que reestablecía la armonía anterior al llamado. Era la tercera vez que lo hacían y nadie hablaba. Anagrama. Aldana es la nada. Hombre. Pablo. Sebastián. Casa. Pared. Hielo. Parque. Peine. Hamaca. General. Espejo. Caña. Día. Noche. Susurro. Descanso. Placer. Playa.
Se detenía ahí. Todavía falta. Oía los pasos casi como en secreto. Sabía que la oscuridad ya había entrado en la casa. Porque había escuchado el timbre de abajo y como siempre había oído entrar al hombre del departamento vecino. Serían las seis de la tarde. Niño. Juego. Salvavidas. Rojo. Peligro. Amanecer. Sol. Reloj. Arena. Agua. Tierra. Sol. Las manos de la mujer desarmaban los nudos de un tejido de macramé mientras recontaba las palabras, siempre las mismas, enhebradas en esa especie de rosario y recomenzaba.

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Navidades

guantes_001Siempre la misma tontería de acostarse temprano la madrugada del día de Navidad. Éramos tres: mis dos hermanas y yo. Los menores no osábamos movernos de la cama, pero Janet, la mayor, ya adolescente, se mostraba más atrevida, pues ella sí se levantaba y sin miedo nos susurraba:

-Bajo a ver lo que nos trajo Santa Claus este año.

Se sentaba al estilo indio frente al árbol blanco de plástico y uno a uno iba abriendo los regalos. Les quitaba cuidadosamente la cinta engomada pero después los dejaba tal y como los había encontrado. Nos despertaba muy entrada la noche para contarnos lo que no debíamos saber hasta el amanecer. Concluía su letanía asegurándonos que lo de Santa era una bobería inventada por los adultos .

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El hombre lobo

jorege_kattan_001A Don José Arturo Zablah Kuri
y a Juanpi, su nieto.

 

La leyenda del Hombre Lobo no es ni puede ser patrimonio exclusivo de ninguna nación porque no existe país o localidad, por insignificante que sea, que no tenga, o haya tenido, su propia versión de esa aberración humana. El de Cojontepeque, objeto de este relato, físicamente no distaba mucho del Hombre Lobo tradicional o clásico, pues poseía un rostro exageradamente poblado de pelos. Exceptuando la nariz, la melena le cubría las mejillas, la frente y hasta buena parte de sus puntiagudas orejas. Fuera de lo dicho, exhibía unos enormes ojos fosforescentes cuyos destellos infundían terror, y cuatro largos y afilados colmillos, dos en cada maxilar, que no podía ocultar ni aun con las fauces bien cerradas. La diferencia entre este Hombre Lobo pueblerino y el conocido modelo tradicional estribaba en dos hechos fundamentales: jamás se supo que el de Cojontepeque atacara bestial y desaforadamente a nadie; a pesar de su feroz figura, era más bien un manso cordero de Dios y, por otro lado, no necesitaba de los auxilios de una luna llena para convertirse en Hombre Lobo porque él, por así decirlo, había nacido ya convertido en tal, con ese aspecto de fiera humana.

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'Las sirenas'

rosalba_campra_003Para Peter Ingwersen, a cuya historia familiar debo lugares y nombres de este cuento


Conocí a Henrikke Emilie Pedersen a fines del año diez. Se acercaba por ese entonces a los ochenta, pero su memoria era extraordinariamente lúcida y su conversación cautivante. Si me habré quedado horas enteras sentado frente a ella en la penumbra, oyéndola rememorar tiempos pasados. Ahora el café de la casa de tres pisos en la esquina de la Strandgade estaba cerrado, pero ella había conservado intacto el salón con las mesas relucientes, el mostrador de remates de bronce, en un rincón la salamandra a cuya lumbre le habían contado las pausadas historias que ahora repetía para mí.
En invierno, cuando las travesías a Groenlandia se interrumpían, alquilaba los cuartos de arriba a los capitanes que se demoraban en Copenhague. En el cuarto donde ahora estaba yo, se había alojado durante muchos inviernos un noruego silencioso que se ahorcó en el puerto, adonde iba a contemplar todos los días un mascarón de proa en forma de sirena de la que, dicen, se había enamorado.

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El pintor y su sombra

ivette_004A Roberto Diago

Humea el tabaco. Su espíritu asciende en volutas que se expanden al encuentro del sol. Un rayo de luz rompe la monotonía del ascenso y el homogéneo tono del humo y lo disgrega en infinitos colores.
"He aquí la magnificencia de la luz" -dijo el pintor, al tiempo que otra espiral elevaba junto al humo las palabras.
Mareado aún por el colorido que envolvía sus ojos, instintivamente miró hacia la ventana en busca de protección. Se sintió tranquilo al ver que permanecía cerrada. "No podrá huir" -dijo sonriendo.
Se levantó del sillón casi a tumbos, en medio de una nube de colores sumidos en la máscara del humo y el vaho penetrante del alcohol que en su incesante rozar hacía crujir las pardas maderas del claustro. Volvió a observar con insistencia las persianas por donde penetraba casi imperceptiblemente la claridad y antes de partir un último arco iris le encendió el rostro.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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