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Mini Relato

Daniel Vélez - Relatos

daniel velez 250Ceniza

El cielo con cenizas cubrió como manto a Gabriela ¿Es esto lo que nos queda realmente de civilización? En su imaginación pudo observar el verde y el río, pudo encontrarse en aquellos años de inocencia, antes del primer día y el suceso que lo cambiaría todo. Por un momento volvió a sentirse niña, los aromas, la calidez, todo la empujaba lejos de aquel páramo desierto. En su palma se dibujaba una nueva herida ¿Podía sentirla? Ya no se acordaba del dolor. Una lágrima nació en su ojo izquierdo y cayó por su mejilla, al escuchar una voz en su espalda:

- Ya no queda más por ver aquí.

Gabriela se dio vuelta al escuchar a su amigo, aún no sabía su nombre y justo cuando quiso ser amable se quebró, lloraba por aquel lugar llamado supuestamente Chile.

 

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Minicuentos - Diego A. Nieto Marcó

MINIPRÓLOGO

El minicuento, por su extensión, nos tienta a leer uno tras otro. (Olvidamos que se acerca más al poema que a la narración.) Así, la emoción de cada uno elimina la del anterior. Los Petits poèmes en prose de Baudelaire o los cuentos del maestro Anderson Imbert nos aconsejan hacer lo contrario: dejar el libro y saborear lo leído, si merece ser saboreado.

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Dos textos de José Ben-Kotel

Jose ben kotel  250De Paradoxas

 

El infinito de un Carmen perfecto

 

El infinito es lo que buscaba encontrar desde que tuvo noción de que éste existe, después de leer el Carmen XXV de Optaciano Porfirio. El poeta romano –casi desconocido en la posteridad, traducido del Latín por el poeta salmantino González Iglesias– a partir de cuatro versos transformó la caducidad del ser, por medio, en su caso, de un poema que se generaba a sí mismo (de la mano de su creador) en otro poema y así sucesivamente, y por ende creó el infinito en su Carmen perfecto. Quiso él mismo, un ‘poeta’ contemporáneo, inventar el infinito por medio de la imitatio, tan manoseada por la academia, no la de ayer, la de ahora; pero no obtuvo el resultado que buscó toda su vida. Y a partir del poema antiguo, y para hacer justicia al ser humano, se puso a recrear la misma noción en lo más práctico, como por ejemplo la multiplicación de los panes. No le resultó, porque de mitos vivirá, en sentido figurado, el ser, pero no de falsedades. Y el pan sobre la mesa es lo que cuenta al final de todo, lo demás es mala poesía que la hay, y a raudales. No porque se imite se es lo imitado, le habrá dicho algún maese, experto en estas lides, a sus discípulos.

Más vale un pan en la mano que cien profetas volando. La verdad, la verdad (tartamudeando) el delirio intertextual nos puede llevar al ‘elogio de la locura’. Pues el adagio del pasado le cayó de perilla: Lo que natura non da… Usted, lector impío, finalice ese claro decir.

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Peter Pan

fernando iwasaki 250CADA VEZ QUE hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.
Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo.

A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.

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Aurora

Óscar llegó a tientas al baño y después de orinar se miró las palmas de las manos. Éstas estaban secas pero muy sucias, como también lo estaba su erecto pene y el vello que le cubría el pecho. Se le comenzaba a despejar la vista después de un largo sueño. Todo en el piso olía a azufre y a sexo. Se lavó la cara, se sentó en el salón y encendió un cigarrillo que Aurora había dejado a medias.

Se lavó las manos extrañado porque no recordaba mucho de la noche anterior. Debían ser ya cerca de las once de la mañana. Cogió el teléfono y mientras marcaba el número de Aurora iba recordando algunas cosas: como cenó con ella mientras veían la televisión, como hicieron el amor después de la cena, como ella le dijo que no podía seguir así, que nadie podría entender lo que tenían, y que, además, no le amaba. Colgó el teléfono, ella no se había ido. Pero qué raro, se preguntó, si ni siquiera quería quedarse a dormir… Entonces recordó la rabia que sintió después de eyacular sobre su vientre: ella le miraba sonriente pero difusa; no comprendía que él vivía perdido en eso mismo que hacían cada noche. Eso que ella consideraba un juego que tenía que terminar.

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