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Puro Cuento

Última parada de Liliam Moro

liliam moro 250El pasado sábado 14 de marzo de 2020 fallece en su casa de Miami la poeta y escritora cubana Lilliam Moro Núñez. Reproducimos acá en un homeanje a esta escritora cubana su relato "Última parada" publicado en el Nr. 11 de septiembre de 2011 de nuestra revista Aurora Boreal® impresa.

 

 

 

 

 

Última parada

De pequeño tenía un tren de madera; lo hizo el tío Fermín y me lo regaló un día de Reyes. Es lo que mejor recuerdo de mi infancia: aquella locomotora pintada de negro, con sus tres vagones rojos; el tosco y querido tren de madera en el que quería salir de España y llegar a América.

Dicen que la vida es un eterno retorno, pero yo creo que es un monótono ir y venir por las mismas estaciones; sólo varían los viajeros que nos acompañan.

La ingenuidad de la infancia había quedado atrás, así que, ya mayor, logré irme al otro continente en el transporte normal que escogen los adultos. Ahora, después de 20 años, regresaba como viajan los turistas.

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Recolectar sombras

brenda morales 250No eran más que sombras. Todos mis sentidos las percibían como siluetas, espectros o cuerpos vacíos. Me recordaban las manchas que deja el velo en un carrete fotográfico. Yo podía verlas, pero, por más que intentaba, no lograba descifrarlas. Eran imágenes opacas, casi imperceptibles. Parecían inanimadas y, sin embargo, sentía que me miraban. Incluso sentía que me hablaban, creía que lo hacían porque alcanzaba a ver que algo parecido a una boca se movía sin que mis oídos consiguieran escuchar sonido alguno.

Solían presentarse sin avisar y no siempre eran las mismas, o quizá mutaban sin que me diera cuenta. Empecé a sentirlas en las tardes, a esa hora en la que la luz del sol da paso a la de la luna. Cuando me había acostumbrado a esas apariciones cambiaron su rutina. Poco a poco me acompañaban de día y en las situaciones menos oportunos.

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Volver a la tierra

IMG 0245Se despidieron en el aeropuerto con lágrimas urgentes. Prometiendo escribirse y extrañarse por los próximos doce meses.

Había postergado el viaje por mucho tiempo. Pero esta vez el cuerpo se lo pedía. Olvidarse de todo. Vivir de su morral. Apartarse de su mundo. Caminar. Quería dormir otra vez una noche entera, sin pesadillas ni ataques de ansiedad.

Fiel a la promesa, en pocos días Rodrigo llenó el diario que Julia le había regalado con las primeras impresiones de la meseta, sin olvidar momentos significativos en la vida compartida desde hacía un par de años. La mañana en que ella se apareció en su oficina con el cabello trenzado para venderle los boletos de una rifa, los largos paseos por el bosque, discutiendo poemas y películas. O el único viaje que hicieron juntos al sur, donde descubrieron lobos marinos y tortugas carnívoras.

Anotó para ella la costumbre de algunos aldeanos de barrer las aceras. El olor de las aguas frescas. Los gusanos extraños que devoran en ciertos pueblos, revueltos con huevo o envueltos en hojarascas de maíz. El gusto popular por las tripas y los sesos. Los músicos panzones. Y el fervor de los fieles que llegan de todos los puntos cardinales, a pie o de rodillas, para pedirle un milagro a su virgen negra.

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No tener cara

no face 250a Luis Sagasti

 

Es una expresión que siempre me llamó la atención, aunque quizás ya pertenezca a esa lista de las que uso frente a mis alumnos, en los que solo encuentro una mirada helada de incomprensión, de distancia temporal. Creo que “no tenés cara” se puede parafrasear como “sos un hipócrita”, “justo vos decís/hacés eso”. O, simplemente, por “sos un caradura”: curiosamente, suena contrario y es muy parecido. O a lo mejor me equivoco.

No sé lo que la gente ve en la cara de otra gente. Yo no veo nada. O veo el reflejo de lo que ellos ven en la mía, lo mismo que veo en este momento en que escribo —muy mala idea— frente a un espejo. Sin embargo, eso es, en rigor, imposible; o muy superficial: por ejemplo, no pueden ver, como veo yo, o como creo que veo yo, que mi cara se parece cada vez más a la de mi viejo.

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Esa horrible costumbre de alejarme de ti

vicenta soisi 250Mamá me colocó la manta y las wairrina nuevas, adornó mi cuello con los collares de la abuela y amarró sobre mi cabeza su pañolón de mil colores. “Me llevan a conocer Riohacha –pensé- solo una ocasión tan especial puede motivar vestirme así”. Me agarró fuerte de la mano y mis dedos empalidecieron por falta de sangre. Salimos del rancho, el sol me cegó con su luz, mamá casi me arrastraba. Volví la cara y vi a mis familiares bajo la enramada, mirando atentos como nos alejábamos. Motsas se protegía del sol con su mano izquierda. Yo no comprendía nada, solo tenía siete años.

La casa donde llegué era grande, con sillas altas; sentada en el sofá, mis pies no alcanzaban a tocar el suelo. Sentí un mareo cuando miré el mar por la ventana. Desde ese día, lo tuve siempre frente a mí. Los días aquí no me gustan. Ya no llevo la manta, la señora me dio otra ropa y guardo los collares en el jarrón blanco que esta sobre la vitrina de la cocina. Aún espero a mamá; cuando me dejó, dijo que volvería pronto y que no llorara. Me engañó, volvieron las lluvias y no viene a buscarme. “Indiecita” me llaman, sin saber que soy princesa y mi papá el cacique de la ranchería.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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