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Puro Cuento

Amibabud, el mensajero

sara harb 250Cada comienzo de año voy a ver a mi médico, que alinea mis centros de energía y me prepara para enfrentar el nuevo período. Como siempre, me saluda casi sin mirarme; sé que me ausculta con varios tipos de percepción y que como mujer le gusto, pero hemos llegado a un entendimiento tácito de no incluirnos en nuestras aspiraciones románticas, por el bien de ambos. A través de los años, entre los dos se ha establecido una cofradía que linda con lo secreto. Luego del saludo, se establece entre nosotros una vieja complicidad, que nos permite tratar asuntos inusuales: sabemos que no somos comunes.

Cuando los temas se agotan me dice que debo subir a la camilla. Pone en mis chacras los filtros necesarios, luego me deja haciendo una meditación.

No sé cómo conecto; esta vez lo hago con una información que no logro interpretar pero reconozco, aun con los ojos cerrados. Sé que al médico le asisten seres espirituales que me sanan y me ayudan a entrar en un estadio de percepción especial.

Esta vez, pasados unos minutos, estando en la camilla acostada en esa duermevela que da la búsqueda del silencio interior, siento que la puerta se abre; las entidades que me observan dan paso a alguien que ha entrado, un ser de una estatura descomunal, tan alto que ese detalle me asegura que no es mi médico, sin embargo, dudo. Con los ojos cerrados le pido que, por favor, me llene de amor, que me ayude a resolver mis asuntos.

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Paloma Pérez Sastre - Amor gato

paloma perez 250Los gatos existen para ser amados.
Los gatos no sirven para amar.
Los gatos sólo saben ser amados.
Darío Jaramillo Agudelo

 

porque quien ama nunca sabe lo que ama
ni sabe por qué ama, ni lo que es amar…
Amar es la eterna inocencia,
y la única inocencia es no pensar…
Fernando Pessoa

 

Hasta hace un rato dormías a mis pies; ahora estoy en mi mesa, y tú en la ventana. Desde la altura reconoces el terreno, sincronizas las orejas con los movimientos de afuera. El aire frío viene a tu encuentro y te actualiza en novedades. ¿Qué nos une? ¿Qué te impulsa a estar cerca de mí? ¿La comida que te doy por la mañana? ¿Las caricias cuando tomas posesión de mi pecho?

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Querida señora - Ricardo Silva Romero

ricardo silva 250Reciba, primero, la sinceridad de mi afecto. Sé que no son tiempos cómodos los que corren: se me han mostrado esta mañana los archivos en donde consta que usted es la madre de uno de los valientes extras que han muerto, sin cederle terre- no a la cobardía ni temerle a la costosa gloria del trabajo bien hecho, en los escenarios de filmación de nuestra película aún sin título sobre las horrendas sublevaciones del 9 de abril de 1948. Sé que ninguna de mis palabras (las palabras siempre serán débiles e infructuosas a la hora de la verdad) servirá de alivio al dolor que le habrá traído esta pérdida —en apariencia— sin pies ni cabeza. Pero no puedo dejar de ofrecerle el consuelo que puede hallarse en el agradecimiento eterno de la producción por la que su hijo dio la vida.

Gracias a la invaluable contribución de ese héroe que solo recibirá un crédito fugaz con una cruz al lado, en la farragosa lista de créditos que descienden por la pantalla al final de cualquier largometraje, nuestra pequeña productora bogotana dará finalmente el salto de la acción escapista al realismo absoluto. La tortuosa imagen de su muerte, captada por la cámara en el segundo preciso, sin duda se convertirá en uno de los fotogramas cardinales de nuestra aún precaria cinematografía. Con esta carta encontrará el retrato que el finado se ordenó sacar unos minutos antes de entrar a la última escena. En él puede verse su estado de ánimo, jovial, despierto, orgulloso de salvar a su familia, armado con el machete que soltará cuando, en una secuencia de factura impecable, los soldados refugiados en los tanques descarguen sus armas de fuego contra la masa enardecida que se dirige al palacio de gobierno en busca del verdadero culpable del asesinato de Gaitán.

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Se equivocaron

sara harb 250A wanderer is man from his birth.
He was born in a ship
On the breast of the river of Time.
Mathew Arnold

 

 

El sonido de un motor que subía por la calle le decía que era un vehículo grande el que se acercaba. Había perdido la costumbre de que algo importante sucediera allá afuera. El encierro al que habían sido sometidos la ciudad, el país, el planeta, no parecía terminar. Decían que era un virus creado, arma de dominio. Perversión que aligeraría las cargas económicas de los gobiernos y los grandes capitales.

Se trataba de un mal planeado con un ingrediente intangible, un arma de control supremo, la más inteligente de todas, el miedo. Así se obligarían a permanecer confinados, enjaulados, sometidos a un delirio creado, muy eficaz. Lo cierto es que moría gente por miles en todo el planeta, pero algo la hacía dudar de que semejante artilugio fuera creado por terrícolas. No eran muy inteligentes los modelos de gobierno ni los gobernantes. Tenía que ser algo más. Inmersa en esa reflexión le volvió todo a la memoria.

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El lujo - Carolina Sanín

carolina sanin 250Las vacaciones del colegio eran largas y yo las pasaba en la casa de mi abuela. Mi abuelo estaba vivo, pero durante el día estaba trabajando; por eso me salió decir la casa de mi abuela y no de mis abuelos. Mi madre me llevaba por la mañana y me recogía al caer la noche. En la biblioteca había un escritorio y, sobre el escritorio, una estatua de cerámica con la figura de Gandhi, que, para mí, era la figura de mi abuelo. O de un hermano de mi abuelo a quien tal vez nadie conocía. Gandhi era áspero, cetrino, opaco, salvo el dhoti, que era liso, brillante, de esmalte blanco. El dhoti era el foco de la estatua y era el lujo. Al tener una textura distinta del resto, parecía venir de otro tiempo que el resto. Saltaba a mis ojos. Era el mismo blanco de mis ojos. Por supuesto, yo no conocía la palabra dhoti entonces. Lo blanco de la cerámica era una toalla envuelta alrededor de la cintura de Gandhi, que era un “héroe de la paz” y no mi abuelo ni su hermano.

En el cajón del escritorio estaban las hojas blancas. Papel bond tamaño carta. Eran un lujo. Durante el año escolar uno escribía en papel áspero y pequeño: en cuadernos cosidos, amarillentos, con rayas o cuadritos; en hojas que tenían doble margen y se seguían unas a otras. Aquello seguía y seguía. Yo anotaba en clase todo lo que la profesora decía, como si fuera un dictado, para terminar rápido el cuaderno y comenzar otro. Llenar cuadernos era el trabajo, mi condición, el tiempo del colegio. Las hojas blancas del cajón del escritorio eran para que mi abuela le escribiera cartas a una de sus hijas, que vivía en Nueva York. Y para que yo pudiera hacer lo que quisiera.

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Keiko Azegami homeopath JPHMA Copenhagen Centre

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