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Poesía

Poemas, Maya Lima

maya hexe 250Maya Lima Rodríguez (México D.F. 1973). Poeta, lectora en voz alta y promotora cultural. Ha participado en talleres bajo la dirección de Eduardo Saravia (México), Félix Luis Viera (Cuba) y José Ángel Leyva (Méx). Autora de los poemarios “El Síndrome del Desierto” Ediciones Lago, Méx. 2013. Y “Gerontofilia de una reina” Ed. Pinos alados 2015. Participa en más de diez antologías de cuento y poesía en México. Invitada en publicaciones y colaboradora en revistas literarias en México, E.U, Perú, España, Uruguay. Su trabajo ha sido compartido en diferentes sitios electrónicos y es participante activa en festivales poéticos nacionales e internacionales. Es integrante del Colectivo Entrópico donde se desempeñó como compiladora en diversas publicaciones del mismo. Es una de las fundadoras e integrante del grupo “Cabaret Poético” (Performance poético de burlesque), que se presentó en diversos foros de la ciudad de México. Fue responsable operativa de la Casa del Poeta José Emilio Pacheco del Instituto Municipal de las Artes en el municipio de Tlalnepantla de Baz, Estado de México (2013-2016). Colabora para La Otra, revista latinoamericana de poesía. Actualmente radica en Alemania.

 

NICTOFOBIA

El diablo tiene el mal hábito de no ocultarse. Perdida en la niebla me lengüetea la oreja, estrangula de apoco mi cuello, juguetea en mi ombligo con su larga uña. Él, espectro palpable. Con la consigna de obstaculizar la luz. Estoy al filo y mi corazón fragmentado entropía. Mi corazón, cero absoluto. Reflejo de nada. Mi corazón está solo y tiene frío y no puede ver más allá de lo que sale de alguna de mis bocas. El diablo tiene el mal hábito de no ocultarse. Me toma de la mano. Susurra en mi oído que por fin termina el sufrimiento.

Porque me gusta sentir miedo, sentir un hueco profundo en el pecho, las piernas paralizadas, el ánimo ulcerado. Es por eso que me enfrento a la noche con un lucero roto que no aluza más allá del vaho. Me detengo frente a esta maldita oscuridad, me toca con partículas que recubren mi frente. Pistilos que envenenan, que secan cualquier soplo de vida. Someten mis cejas, mis ojos, las pestañas. Soporto su peso, el frío en mis pómulos, el ardor que comienza a quebrantar la piel del rostro. Mis labios están sellados, la negritud me sofoca lentamente.

Un hilillo acuoso cae, sala el vértigo, el nudo en la garganta, la oquedad del orgullo. Laringe, bronquios y pulmones se revisten de una fina película. No puedo respirar. Todo dentro y fuera es salar continuo, un desierto halófilo.

Confinada a la noche, a la prisión de no saber con certeza lo que me asecha o quién me mira del otro lado. Segura de que estos son los últimos momentos de mi vida, mis recuerdos se vuelven putrefactas suplicas. Parada aquí al filo, vestida de frío soy el fondo de un pozo. Una cantimplora sin sediento. Alarido de madre. Soy el rechinar de los dientes, bomba de fragmentación en el jardín de infantes. Soy yo y tú, y la gente que aguarda a la orilla del pantano. Soy virginidad reciclada, y la muerte y el fuego que emana de mi vulva. Soy el semen atesorado, la sangre que chorrea mis muslos, soy lujuria, larva, olor a sexo, raíz.

 

MANJAR NOCTURNO

El corazón se oscurece a eso de las diez, o parece que el silencio lo pinta, no lo sé, no logro distinguirlo. Los poetas no sabemos discernir entre la claridad de un sueño o el fulgor de una pesadilla. El final del día es para nosotros solsticio, elongación del deseo y esfera celeste de malos hábitos. La hambruna vida es motivo suficiente para dejar caer los párpados. Y casi obligados nos entregamos a la oscuridad. Aunque el miedo sonría coqueto, despreciándonos.

La nostalgia, la búsqueda, los rostros son nada. Pero yo siempre eclíptica, zodiaco, ecuador que exprime sangre. Porque esta noche los frutos se pudren, las moscas beben, el vino se fermenta y el cuerpo tiembla cuando los párpados lentos atisban la ascensión de mi figura entre las sombras de los poetas.

Del insomnio la realidad, el precio la compañía. Sin luz, este cuerpo ya no habla por mí, sino por la necedad de encontrarme en aquellos, los que sí duermen. Los que entregan su cansancio a ocho horas de nutación. Los que entregan su anhelo al sueño donde se permiten volar, emborracharse con desconocidos o asesinar de una buena vez al más inútil de sus amantes.

Mientras tanto el cigarro sobre el cenicero perfuma mis propios anhelos virando el deseo, y la arruga de la esperanza se agudiza en un forzado gesto risueño, carcajada. Saber que nadie escucha la tos que me revienta, la agraz flema. El pecho me duele; fumo otra vez lento, lento el camino donde descansaré como nodriza negra, pues soy bardo de mi historia, poeta que deambula por la mazmorra del recuerdo, novilunio, conjugación.

Muchos nacerán esta noche plantados en mi tierra, alimentados con la nada de mi seno, formados a la puerta de un rezo indemnizando mi espera. Yo, ellos, yo… Ahí estaré irreal como ahora, por fin descansando para ser arena al inicio de algo que refrescará mi sorpresa con lúcidos seres, radiantes, verdaderos.

 

Material enviado por Maya Lima a Aurora Boreal®. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Maya Lima. Fotografía Maya Lima © Lorenzo Hernández.

Los amigos invisibles - próxima publicación

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